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Cuaresma: conversión al amor

Por: Karl Barth
En el amor no existe temor; al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor (1ª Juan 4,18)
Seguro que todos ya habéis oído la palabra "conversión". "Conversión" quiere decir:
cambio de dirección, empezar de nuevo, entrar en otro camino mejor en la vida de un hombre.
Entre los cristianos de todos los tiempos se ha reflexionado y se ha hablado mucho sobre esta palabra y sobre su significado. Por lo tanto, podría muy bien ser que alguien hubiera dicho, alguna vez, a alguno de vosotros: lo que tú propiamente necesitarías es que te convirtieras muy en serio. Bien, en verdad esto es lo que todos nosotros necesitamos, más que cualquier otra cosa, convertirnos, no sólo una vez, sino cada mañana, cada día de nuevo. Así lo ha dicho el reformador Martin Lutero: "Dios quiera que la vida de un cristiano sea una penitencia diaria". Y penitencia quiere decir precisamente: cambio, conversión.

Si se entiende bien, en la frase de la carta de San Juan se habla también de esto. Todo lo que en ella se lee del amor y del temor desemboca en que debemos y estamos obligados a convertirnos. Pero está como escondido; podríamos decir que se halla entre líneas, y por esto no volveré a hablar de ello hasta el final. Detengámonos primero en lo que aparece a primera vista.

"En el amor no existe temor"
¡En el amor! Fijaos: Como si fuera un sitio, una casa, en la que uno pudiera estar, habitar, sentarse, estar de pie y caminar. A la Biblia también le gusta hablar así en otras ocasiones. No es raro leer que esto o esto otro ocurre o debería ocurrir en la fe, en el Espíritu, en el Señor, en Cristo. Y, con palabras distintas, se describe cada vez el mismo sitio, la misma casa, como aquí, cuando se dice: "en el amor".

Y es claro que esta casa tiene también un orden —sabéis muy bien lo que es esto—, y en este orden, la primera frase es: "en el amor no existe temor". Con otras palabras, el temor no ha de venir a buscar nada en esta casa. El temor no se encuentra aquí, está excluido. Uno pensaría en seguida en el letrerito del tranvía: "Prohibido fumar", o en el que se encuentra en muchos solares en construcción: "Prohibida la entrada a personas ajenas a la obra".

Pero aquí no se pronuncia sólo una prohibición. Aquí se dice simplemente: en el amor no existe temor. El amor —el amor perfecto— echa fuera el temor. Algo así como se echa afuera el aire enrarecido de una habitación, abriendo puertas y ventanas y estableciendo una buena corriente de aire. O, usando una hermosa comparación, como cuando en el teatro cesa el charlar de la gente al levantarse el telón, o en un concierto al comenzar la música. "En el amor no existe temor". Una buena frase ¿verdad?; un buen comienzo en el buen orden de una buena casa.

Pero si ahora queremos entenderla, hemos de examinarla un momento. ¿Qué queremos decir propiamente, cuando hablamos de amor, de lo que nosotros conocemos como amor, como amor humano? De esto habría mucho, muchísimo que decir. Ahora sólo voy a intentar dar a entender lo que en el mejor de los casos podría significar el amor humano que, en cierta manera, nos es bien conocido.

Podría ser muy bien una relación íntima y hermosa entre hombres, quizás en todo un grupo de hombres. Y podría ser que los hombres, en esta relación, ya no se sintieran más aleados, extraños, indiferentes o acaso molestos los unos para con los otros. Han aprendido tal vez a conocerse, hasta han llegado quizás a comprenderse. Y esto les sienta bien: tan bien, que no les es posible prescindir al uno del otro. Se buscan. Se desean. Les falta algo cuando están separados. Querrían estar juntos, estar el uno para el otro. No quieren cerrarse en sí mismos. Quieren ofrecerse el uno al otro.

Descrito en un par de frases, esto podría ser, en el mejor de los casos, el amor humano que nosotros conocemos.
¿No es esto hermoso? Sí, hermoso de verdad, casi demasiado hermoso para ser verdad. Pues en la vida real, ¿no es verdad?, aun en el mejor de los casos, nos encontramos sólo con un poquito de este amor, de vez en cuando, en momentos felices, pero básicamente, muy pocas veces, y está muy lejos de parecerse a lo que con toda evidencia debería suceder y debería ser. Algo así como cuando uno, en una mala fotografía, sólo con mucha atención puede reconocerse a sí mismo o a los demás.

Y ¿no podría ser que uno u otro de entre vosotros, realmente triste y algo encolerizado objetase: en mi vida no existe en absoluto esto de lo que tú estas hablando? Nadie me quiere, y tampoco quiero yo a nadie, y me callo la manera de cómo podría explicarlo. Me siento solo, completamente solo, solo como una piedra en un mundo sin amor, en el que los hombres están lejos los unos de los otros y se sienten extraños, y prescinden los unos de los otros, y viven los unos contra los otros.

Y una cosa puede afirmarse con toda seguridad: el amor del que hablamos y que nosotros conocemos no echa fuera el temor. En la casa de este nuestro amor humano, hasta en el mejor de los casos, hay mucho temor: temor de los desengaños que, a pesar de todo, podría uno sufrir de parte de los demás, temor de perder a los demás. Temor del propio pasado y del propio futuro, que se proyectan sobre nuestras vidas como dos grandes sombras. Temor de la gente. Temor de sí mismo. Temor del destino. Temor de la muerte, y también temor del diablo. En la casa del amor humano, en el mejor de los casos, vive también el temor bajo muchas formas. Sin embargo, puede ser aún una casa realmente hermosa, o una casita con su huerto, hermosa de verdad. Pero, por desgracia, seguro que no es la casa que posea lo básico del orden doméstico: en el amor no existe temor.

El amor perfecto echa fuera el temor
Permitidme decir algo ahora de una casa totalmente diferente, o sea, de un amor totalmente diferente, del "amor perfecto", que no es un amor pasajero, sino el amor total y que permanece siempre y, sobre todo, el amor, en el que no hay temor alguno. Hasta los que de entre vosotros están tristes deben escuchar ahora: hasta aquellos que se creen no saber nada de una casa o una casita hermosa del amor humano.

El amor perfecto es también una relación perfecta. Pero la expresión "relación" es demasiado débil para describirlo. Es un pacto y, por esto, desde el principio, una cosa firme, clara y ordenada. Un pacto, a diferencia de una simple relación, es algo en lo que uno puede y le es dado abandonarse a ¡este pacto! Y ¿quién se ha unido en este pacto? De una parte, Dios: él, el Señor y Creador, libre, altísimo; sin él, nadie ni nada puede existir y subsistir. Él, Dios, funda y mantiene este pacto. Y de la otra parte —para un pacto son necesarios dos— nosotros, tú y yo, todos nosotros.

¿Cómo es posible que Dios venga a querer, a fundar, a establecer y a mantener un pacto entre él y nosotros? ¿Quizás porque somos tan fuertes, tan distinguidos y tan buenos?... No, nosotros no somos nada de eso. ¿Tal vez porque tuviera necesidad de nosotros para utilizarnos de cara a algún proyecto conjunto? No, Dios no sería Dios, si tuviera necesidad de nosotros. ¿O porque hubiéramos actuado bien, o al menos hubiéramos opinado tan bien, hasta el punto de merecer estar unidos con Dios en un pacto? No viene al caso: nosotros no merecemos esto en absoluto.

La verdad es que Dios ha fundado y concluido este pacto, y lo mantiene, sólo por la libre bondad y la libre voluntad de su misericordia omnipotente. Él lo hace por nada, "gratis", como acostumbramos a decir. El nos hace un regalo de esto que es incomprensible, de esto que nosotros no hemos buscado ni merecido. "Por esto existe el amor: no porque amáramos nosotros a Dios, sino porque él nos amó a nosotros" (1 Jn 4, 10). Y "tanto amó Dios al mundo -¡nosotros!que dio a su Hilo único" (Jn 3, 16). "El Hijo de Dios" es Dios mismo, a saber, Dios, que no quiere estar solo, aislado, encerrado en sí mismo, allá en un lugar elevado y eterno, y que, por lo tanto, tampoco quiso dejarnos solos a nosotros, sino que vino a nosotros y estuvo junto a nosotros y con nosotros, haciéndose semejante a nosotros, nuestro prójimo, nuestro hermano, haciéndose él mismo hombre: el niño en el pesebre, en Belén, y el hombre crucificado en el Gólgota. Este Dios es el amor acabado. En éste su amor acabado, Dios nos conoce. En él nos desea, nos busca y nos encuentra. En él, es Él el nuestro, y en él, somos nosotros los suyos. "Aquel que no perdonó a su propio Hijo, ¿cómo no nos ha de dar con él todas las cosas?" (Rom 8, 32).

En esta casa del amor perfecto no existe ningún temor. Éste echa fuera el temor. Precisamente Dios nos ama, y en su Hijo se ha dado a sí mismo, para que nunca más temiéramos, para que no tuviéramos ocasión y motivo alguno de temor. En cuanto Dios nos ha amado y nos ama, en cuanto entregó a su Hijo por nosotros, ha sido dejado de lado todo motivo de temor, quitado, borrado, destruido y reducido a la nada. ¿Qué podríais temer? ¿Éste o aquel hombre de quien tienes la impresión que no piensa bien de ti, que ya te ha dirigido tal vez malas palabras, y de quien esperas que pudiera querer hacerte daño? Pero ¿por qué le tienes miedo?, ¿qué puede hacer contra Dios? Y si no puede hacer nada contra Dios, ¿qué puede hacer contra ti? Él no será de verdad ningún motivo para que abrigues temor. O ¿temes que un hombre al que amas, que te es indispensable, pudiera abandonarte, que de una manera u otra pudieras perderlo? Con toda seguridad, Dios no puede perder a este hombre tan valioso para ti. Y como él no lo pierde, tampoco te pierde ni te perderá a ti.

O ¿te da miedo tu pasado, tu futuro, tu muerte? Mira, con tu pasado, con tu futuro y en tu muerte, tú eres el hombre a quien Dios ama, y lo serás también más allá de tu muerte. ¿Qué has de temer tú en todo esto, estando Dios contigo y por ti, siendo tu aliado? O tú te tienes miedo —y éste podría ser el motivo más fuerte para temer—, miedo de tu propia debilidad, o tal vez, de tu propia maldad, de las tentaciones que pudieran ser demasiado fuertes para ti. Tienes miedo de las caídas e ideas diabólicas que pudieran pasar por tu cabeza.

Este motivo tampoco cuenta, porque Dios, el Dios que está de tu parte, es más grande que tu corazón (cf. 1 Jn 3, 20) y que tu cabeza, y porque esto es así, puedes y debes atreverte tranquilamente a hacer cara, con un poco de valentía y confianza, a lo malo que pudiera surgir de ti mismo y amenazarte. Tampoco puede existir un motivo para temer, ni un permiso o una orden. O ¿deberías temer al diablo? De hecho, tienen miedo al diablo muchos más hombres de lo que se piensa. Pero precisamente el Hijo de Dios ha aparecido para destruir las obras del diablo (cf. 1 Jn 3, 8). Él las ha destruido, y ahora nosotros queremos y debemos confiadamente dejarlas destruidas.

¿Podrían darse otros motivos para temer? Cierto, muchos aún, pero ninguno que tenga lugar y pueda aguantarse en la casa del amor perfecto. Y por lo tanto no existe ningún temor para temer a algo o a alguien, que no haya sido echado fuera por el amor, el amor perfecto. Así es.

Conversión al amor perfecto
Sí, quizás alguno de vosotros piense ahora: todo esto es muy bonito y está muy bien escucharlo. Pero ¿quién se encuentra dentro de esta casa del amor perfecto? ¿tal vez yo? ¡Yo, seguro que no! Así que puedes decir: "Así es". Pues a pesar de todo, yo tengo miedo, de este, de aquel, y esto, día y noche. Y del hecho de que tengo miedo, he de concluir que yo no estoy en esta casa, sino que me encuentro en alguna parte, fuera, en la calle, donde continuamente he de estar mirando a la derecha y a la izquierda, porque alguna cosa viene haciendo ruido y podría atropellarme. ¡Alto, amigo!, así piensa y habla un hombre que no se ha convertido.

De nuevo y con mayor razón el hombre no convertido sigue pensando: podría ser realmente hermoso vivir en esta casa. ¿Cómo podría entrar? ¿Qué arte, qué esfuerzo será el mejor medio para trasladarme al lugar donde no tendré miedo nunca más? No se trata de que de una manera u otra, por nosotros mismos, entremos a empujones en la casa del amor perfecto, sino que de lo que se trata es de que este amor perfecto ha venido a nosotros. Se trata del Salvador que ha aparecido por nosotros y está ahí. Se trata de la casa que Dios ha edificado en el cielo para todos los hombres de toda nuestra pobre tierra, y en la que por lo tanto estamos nosotros incluidos, y que nos envuelve de tal manera que ninguno de nosotros puede estar en otra parte sino precisamente ahí, en esta casa, en el reino del amor acabado.

¿Sabéis lo que nos falta? Lo que nos falta es que nosotros no sabemos —y por esto el hombre no convertido piensa, habla, obra y vive así— en dónde estamos, de que realmente ya estamos adentro. Pero no nos damos cuenta porque dormimos y, mientras dormimos, soñamos, y soñando, nos equivocamos. Y el error de nuestro sueño es que nos creemos estar en otra parte: precisamente fuera, sin Dios en el mundo (cf. Ef 2, 12) y, por lo tanto, allí donde hemos de temer toda clase de peligros que nos amenazan, mientras que en el lugar donde realmente nos encontramos, no se da ninguna ocasión y ningún motivo para el temor.

Por lo tanto, ¿qué quiere decir conversión, cambio de dirección, empezar de nuevo, seguir adelante por otro camino mejor? Quiere decir claramente despertarnos de nuestro mal sueño. Convertirse significa: abrir los ojos, como cuando los abrimos por vez primera después de nacer, siendo aún bebés, y luego descubríamos, como en un segundo y nuevo nacimiento, dónde estábamos. Convertirse significa precisamente esto: descubrir que de verdad no estamos fuera, sino que estamos en el amor perfecto, en el que no existe ningún motivo para el temor: que estamos envueltos y rodeados por él, instalados en él como en nuestra verdadera casa paterna.

Esto sucede, cuando el Espíritu santo sugiere en el corazón de un hombre este descubrimiento, este nuevo nacimiento, esta conversión, y con ella, este fin de todo temor. Porque esto dice el Espíritu santo en el interior de nuestros corazones: "Despierta tú que duermes, levántate de la muerte, y te iluminará Cristo" (Ef 5, 14). Y todavía: "No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío" (Is 43, 1). Hermanos y hermanas, Dios nos da la gracia para que esto ocurra así. Él nos hace el obsequio de esto a ti y a mí, a todos nosotros, ya hoy, y mañana de nuevo. Amén.
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