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4 VIERNES DE CUARESMA


INDICE

1er. Viernes
2do. Viernes
3er. Viernes
4to. Viernes






Continuando con las misas especiales que hacen referencia particular a algún aspecto o instrumento de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, toca hoy considerar el misterio de la Santa Lanza y los Santos Clavos con los que fue atravesado el divino Cuerpo de Nuestro Señor, en relación estrecha con el de la Cinco Llagas, que se conmemorará de aquí a dos semanas.

Se discute si los Santos Clavos son tres o cuatro. Las Sagradas Escrituras nada dicen sobre su número. La iconografía de la Crucifixión representa a Jesucristo indiferentemente atravesado: ora por tres clavos (con uno fijando los dos pies superpuestos al madero), ora por cuatro (con un clavo para cada pie). Las revelaciones privadas difieren también en este punto. Mientras Santa Matilde de Magdeburgo habla de tres clavos, para Santa Brígida de Suecia son cuatro. Esta discrepancia puede explicarse diciendo que a cada santa se le aparecía Nuestro Señor bajo la forma en que estaba acostumbrada a verlo en las imágenes. Sin embargo, del estudio de la Sábana Santa parece deducirse que a Jesús los pies se los atravesaron con un único clavo.

Sea de ello lo que fuere, el suplicio debió ser espantoso y el dolor causado inenarrable. Las heridas de los clavos abrieron cuatro fuentes de hemorragia que debieron acelerar el desenlace mortal. Ya Jesús había sufrido pérdida de sangre por efecto de los azotes y la coronación de espinas y se hallaba debilitado al extremo y deshidratado; por ello su sed es acuciante. De hecho, los evangelistas atestiguan que fue el primero de los tres crucificados sobre el Gólgota que murió, mientras a los otros dos hubo que romperles las piernas para que se asfixiaran y expirasen (práctica conocida como crurifragium). Cuando ya lo habían hecho con los ladrones e iban hacia el Señor, comprobaron que ya no estaba con vida. Cuenta san Juan que entonces uno de los centuriones cogió una lanza y atravesó el costado de Jesús, manando sangre y agua.

Lo que pareciera un acto de gratuita crueldad fue más bien un acto benévolo hacia las santas mujeres que seguían de cerca la agonía del Maestro y se hallaban angustiadas en la duda que hubiera ya muerto o no. El militar romano, visto que el crucificado era un condenado a muerte, simplemente quiso asegurarse de ésta para que aquéllas encontraran resignación: fue como el tiro de gracia que se aplica aun fusilado. Probablemente ya está muerto, pero más vale cerciorarse. Lo que no se imaginó el que la tradición llama Longinos fue que su acto le abriría a él los ojos y el corazón a la fe y al amor de Cristo, cuyo Sagrado Corazón fue el primer mortal en poner al descubierto.

Es sugestivo que sea precisamente san Juan, el discípulo amado, el que nos da la noticia de la lanzada de Longinos. Recuérdese que el joven apóstol fue quien más cerca estuvo de Cristo en la Última Cena y recostó su cabeza en el pecho del Señor, como recogiendo los últimos latidos del Hijo de Dios antes de su Pasión. San Juan es para santa Gertrudis el primer confidente y amigo de ese corazón que a ella se le reveló profusamente. Era natural que no se le escapara el episodio de la lanzada y el detalle de que de la herida manó sangre y agua. Científicamente se ha explicado este hecho por la acumulación de la sangre y el plasma en el músculo cardíaco al nivel del pericardio al morir. La lanza habría liberado esos dos líquidos, en los que la mística ha visto la sangre redentora y el agua del bautismo.

La Iglesia, sacramento de salvación, nace así del costado de Cristo, de lo íntimo de su Divino Corazón, símbolo del amor. No es extraño que san Juan hasta su más avanzada edad insistiera en que lo más importante en el cristianismo era el amor. Amor de Dios hacia los hombres y de éstos a Dios; amor mutuo entre los hijos de un mismo Padre; amor en Jesucristo. De ahí la importancia que tiene la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que no es una más, sino la más importante de la piedad cristiana y el último remedio que ha sido dado a este mundo para su salvación, según testimonio de su gran confidente moderna, santa Margarita María de Alacoque.

La consideración espiritual que la caridad sugiere hoy tiene por objeto a los que se sufren en sus miembros: de parálisis, de tetraplejias, de invalidez que los imposibilita y los tiene, por así decirlo, clavados en una silla de ruedas o en un lecho; también a los que sufren física y moralmente en su corazón. Acordémonos de rezar por todos ellos. A veces su situación es tan desesperada que no ven alivio sino en la muerte, sin considerar que su dolor no es inútil y que la muerte no es una verdadera solución.


De las reliquias de la Santa Lanza y de los Santos Clavos, diremos que han llegado hasta nosotros por distintas vías y después de no pocas peripecias. Parece ser que los Santos Clavos fueron descubiertos por santa Elena juntamente con la Vera Cruz, durante su peregrinación a Jerusalén. Son varios los cronistas eclesiásticos que así lo atestiguan. La piadosa emperatriz se los llevó consigo a Roma. Cuenta una tradición que en el trayecto de regreso, mientras la flota atravesaba el mar Adriático, se desató una tempestad tan furiosa que las naves estaban a punto de zozobrar. Entonces Santa Elena cogió uno de los clavos y lo lanzó al oleaje, calmándose de inmediato la tormenta. Éste sería el cuarto clavo de la Pasión.

En cuanto a los demás, uno forma parte de las llamadas “reliquias Sesorianas”, llamadas así por ser veneradas en la Capilla de las Reliquias de la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, conocida como basílica Sesoriana por haber sido erigida en el emplazamiento del Palatium Sessorianum, mandado construir por el emperador Septimio Severo (193-211). Los otros dos clavos los conservó Constantino el Grande, que hizo poner uno en el freno de su caballo y otro lo incorporó a su corona, que pasó más tarde a los lombardos con el célebre nombre de “Corona de Hierro”. Ésta se conserva en la catedral de Monza, hecha construir por la reina lombarda Teodolinda. Se ha comprobado que la parte metálica de dicha corona que se identifica con el Santo Clavo es de plata y, por lo tanto, no puede ser la reliquia. Ésta se cree que fue introducida en la punta de la Santa Lanza que se conserva en Viena y de la que se hablará. El clavo del freno del caballo imperial, en cambio, se venera en la catedral de Milán.

Por lo que respecta a la Santa Lanza, la primera referencia documental que de ella se tiene es una crónica placentina del año 570, cuyo autor, un tal Antonio, asegura haber visto en la basílica del Monte Sión las reliquias de la Corona de Espinas y la Santa Lanza. Esta noticia está confirmada por Casiodoro. En 615 Jerusalén fue conquistada por el rey persa Cosroes II, que se llevó las reliquias cristianas como trofeo a su palacio de Ctesifonte. En el expolio que tuvo lugar la lanza se quebró por la punta, quedando dividida en dos. La punta logró ser salvada por el bizantino Nicetas, que la llevó a Constantinopla, depositándola en la catedral de Santa Sofía. La otra parte de la lanza y las demás reliquias fueron recuperadas por el emperador Heraclio, que hizo la guerra a los persas, derrotando a Cosroes en la batalla de Nínive de 627. El historiador Arculpo dice haber visto la parte más grande de la lanza en la iglesia jerosolimitana del Santo Sepulcro en 670, pero en el siglo VIII fue también llevada a la capital del Bósforo.

La cuchilla de la lanza, que como se ha dicho ya estaba en Santa Sofia, había sido insertada en un icono. En 1244 el emperador latino de Constantinopla Balduino II la dio a san Luis IX juntamente con la Corona de Espinas (como se recordará cuando se habló la semana pasada de esta última reliquia). Para ellas hizo construir el rey de Francia la Sainte Chapelle cerca de su palacio. Sir John Mandeville, viajero inglés del siglo XIV, refirió haber visto la punta de la Santa Lanza en París y una reliquia bastante más grande también identificada como la Santa Lanza en Constantinopla, lo que concuerda con los datos que se han consignado. La llamada Lanza Hofburg, que se conserva en Viena, era la de los emperadores germánicos, pero no se trata de la Santa Lanza, sino de la lanza de Constantino, a la que el emperador hizo incorporar uno de los Santos Clavos (sería éste y no el de la Corona de Hierro la reliquia auténtica). Otras lanzas que se encuentran distribuidas por la Cristiandad con el apelativo de santas no son sino réplicas a cuya punta se han añadido limaduras de la Santa Lanza de París.

Pero vayamos a la Santa Lanza del Vaticano. Es ésta la que Cosroes II se había llevado a Ctesifonte y Heraclio recuperó, llevándola a Jerusalén, de donde, como se vio, fue llevada a Constantinopla. Al caer la ciudad bajo la invasión de los turcos selyúcidas la reliquia fue conservada como trofeo por los sultanes, pero en 1492 Bayaceto II –hijo y sucesor de Mahomet II– la donó a Inocencio VIII para asegurarse de que éste seguiría custodiando a su hermano el príncipe Djem (autor de una intentona de derrocar a Bayaceto mediante una revolución palaciega), que había sido capturado por los Caballeros de Rodas y entregado al Papa como valioso rehén. La Santa Lanza fue más tarde puesta bajo la bóveda miguelangelesca de la nueva basílica de San Pedro, en una de las esquinas del crucero. Sobre el emplazamiento de la reliquia se yergue una colosal estatua (obra de Bernini) que representa a san Longinos, el centurión que atravesó el costado de Nuestro Señor Jesucristo y recibió la fe a cambio.



SACRORUM LANCEAE ET CLAVORUM D.N.I.C.
Introitus

(Is XXI, 17-18 et 15) FODÉRUNT manus meas, et pedes meos: dinumeravérunt ómnia ossa mea: et sicut aqua effúsus sum. (Ps ibid., 15) Factum est cor meum tamquam cera liquéscens, in médio ventris mei. V. Glória Patri. Fodérunt manus meas, et pedes meos: dinumeravérunt ómnia ossa mea: et sicut aqua effúsus sum.<

Oratio

DEUS, qui in assúmptae carnis infirmitáte Clavis affígi et Láncea vulnerári pro mundi salúte voluísti: concéde propítius ; ut, qui eorúmdem Clavórum et Lánceae solémnia venerámur in terris, de glorióso victóriae tuae triúmpho gratulémur in caelis: Qui vivis. R. Amen.


Epistola

Léctio Zacharíae Prophétae (Zach XII, 10-11 ; XIII, 6-7). HAEC dicit Dóminus: Effúndam super domum David, et super habitatóres Jerúsalem spíritum grátiae et precum: et aspícient ad me, quem confixérunt: et plangent eum planctu quasi super unigénitum, et dolébunt super eum, ut doléri solet in morte primogéniti. In die illa magnus erit planctus in Jerúsalem, et dicétur: Quid sunt plagae istae in médio mánuum tuárum ? Et dicet: His plagátus sum in domo eórum, qui diligébant me. Frámea, suscitáre super pastórem meum, et super virum cohaeréntem mihi, dicit Dóminus exercítuum: pércute pastórem, et dispergéntur oves: ait Dóminus omnípotens.

Graduale
(Ps LXVIII, 21-22) Impropérium exspectávit cor meum, et misériam: et sustínui, qui simul mecum contristarétur, et non fuit: consolántem me quaesívi, et non invéni. V. Dedérunt in escam meam fel, et in siti mea potavérunt me acéto.

Tractus

(Is LIII, 4-5) Vere languóres nostros ipse tulit, et dolóres nostros ipse portávit. V. Et nos putávimus eum quasi leprósum, et percússum a Deo, et humiliátum. V. Ipse autem vulnerátus est propter iniquitátes nostras, attrítus est propter scélera nostra. V. Disciplína pacis nostrae super eum: et livóre ejus sanáti sumus.

In Missis per annum post Graduale, omisso Tractu, dicitur:

Allelúja, allelúja. V. Ave, Rex noster: tu solus nostros es miserátus erróres: Patri obédiens, ductu s es ad crucifigéndum, ut agnus mansuétus ad occisiónem. Allelúja.

Tempore autem Paschali, omissis Graduali et Tractu, dicitur:

Allelúja, allelúja. V. Ave, Rex noster: tu solus nostros es miserátus erróres: Patri obédiens, ductus es ad crucifigéndum, ut agnus mansuétus ad occisiónem. Allelúja. V. Tibi glória, hosánna: tibi triúmphus et victória: tibi summae laudis et honóris coróna. Allelúja.

Evangelium

+ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Ioánnem (Io XIX, 28-35). IN illo témpore: Sciens Jesus, quia ómnia consummáta sunt, ut consummarétur Scriptúra, dixit: Sítio. Vas ergo erat pósitum acéto plenum. Illi autem spóngiam plenam acéto, hyssópo circumponéntes, obtulérunt ori ejus. Cum ergo accepísset Jesus acétum, dixit: Consummátum est. Et inclináto cápite trádidit spíritum. Judaéi ergo (quóniam Parascéve erat) ut non remanérent in cruce córpora sábbato (erat enim magnus dies ille sábbati), rogavérunt Pilátum, ut frangeréntur eórum crura, et tolleréntur. Venérunt ergo mílites: et primi quidem fregérunt crura, et altérius, qui crucifíxus est cum eo. Ad Jesum autem cum veníssent, ut vidérunt eum jam mórtuum, non fregérunt ejus crura, sed unus mílitum láncea latus ejus apéruit, et contínuo exívit sanguis, et aqua. Et qui vidit, testimónium perhíbuit: et verum est testimónium ejus. Credo


Offertorium

Insurrexérunt in me viri iníqui: absque misericórdia quaesiérunt me interfícere: et non pepercérunt in fáciem meam spúere: lánceis suis vulneravérunt me, et concússa sunt ómnia ossa mea.


Secreta

SANCTÍFICET nos, quaésumus, Dómine, hoc sanctum et immaculátum sacrifícium vespertínum: quod unigénitus Fílius tuus in Cruce óbtulit pro salúte mundi: Qui tecum vivit et regnat. R. Amen.


Praefatio de Cruce


Communio

Vidébunt in quem transfixérunt, cum moveréntur fundaménta terrae.


Postcommunio

DÓMINE Jesu Christe, qui temetípsum in Cruce holocáustum immaculátum et spontáneum Deo Patri obtulísti: quaésumus ; ut ejúsdem sacrifícii oblátio veneránda indulgéntiam nobis obtíneat, et glóriam sempitérnam: Qui vivis et regnas cum eódem Deo Patre... R. Amen.





VIERNES DESPUES DE LA DOMINICA II DE CUARESMA: La Sábana Santa


La fecha del calendario litúrgico de hoy nos trae el recuerdo de la Sábana Santa, es decir, del lienzo que cubrió el Cuerpo exangüe de Nuestro Señor, después de ser lavado y ungido, para ser sepultado. Refiere el Evangelio que José de Arimatea, discípulo secreto de Jesús, que había seguido a prudente distancia los trágicos acontecimientos del Calvario por temor a los judíos, fue a Pilatos para pedirle el cadáver de su Maestro. Hay que decir que la justicia romana se contentaba con el suplicio infligido a uno considerado malhechor, entregando después sus despojos a los deudos para que le diesen sepultura. En otras civilizaciones, como la egipcia, el castigo incluía también la privación de honras fúnebres, cosa considerada el peor de los males porque, de esta manera, el infeliz sobre cuyos restos no se practicaban ritos exequiales no obtendría nunca paz para su espíritu. Éste es precisamente el argumento de la tragedia sofoclea de Antígona, que desafía las iras de su tío Creonte por enterrar el cuerpo insepulto de su hermano Polinices.

José de Arimatea tenía un sepulcro de su propiedad a las afueras de Jerusalén y allí llevó el Cuerpo muerto de Jesús para deponerlo en él. Las santas mujeres, que habían acompañado a la Virgen María junto con san Juan en el Gólgota, pudieron lavarlo amorosamente y ungirlo con los aromas que habían previamente comprado como un último homenaje a Aquél a quien en vida, lo mismo que a sus discípulos, habían asistido con sus riquezas. No se insistirá nunca bastante en el coraje y la dedicación a toda prueba de estas que justifican el hermoso apelativo que da la liturgia católica a las mujeres: devoto femíneo sexu. Ellas fueron las más valientes, las que estuvieron al lado del Señor en los momentos difíciles desafiando la ira y el despecho de sus verdugos, las compasivas “hijas de Jerusalén” que le lloraban en el camino de la Cruz, las que le prodigaron los últimos cuidados antes de que fuera puesto en el monumento.

Esto último nos lleva a la consideración de las mujeres que también hoy son, por lo general, las que se cuidan de honrar a los muertos. ¡Qué sería de nuestros cementerios y las tumbas de nuestros seres queridos si no fuera por la piedad de las hijas de Eva! Ellas acuden todavía religiosamente a los camposantos para limpiar las lápidas, aderezar las tumbas, poner y cambiar las flores, regar el césped que acaso crece alrededor… Ellas aún musitan sus sencillas plegarias por los difuntos, que rubrican sus actos de amor y dedicación, ellos mismos una muda pero elocuente oración y prueba de amor. Desgraciadamente, hay que decir también que van quedando menos de estos ejemplos en nuestras ciudades. Quizás en los pueblos aún es fuerte esta piadosa tradición, pero la vida urbana de hoy, que aleja cuanto puede la idea de la muerte y todo lo que ella implica, va dando cuenta implacable de las honras debidas a nuestros finados.

Cada vez más, por ejemplo, se impone la costumbre de la incineración, que, si en sí misma, como dice hoy la Iglesia, no es mala, tampoco es recomendable para un cristiano, a menos que no se den circunstancias graves (como una epidemia, por ejemplo). En nuestra santa religión católica todo tiene razón de símbolo y la muerte es presentada por San Pablo como un “sembrar en corrupción para resurgir en incorrupción”. La inhumación responde perfectamente a esta idea y constituye un símbolo vívido de esa siembra de la que esperamos cosechar la vida eterna. La incineración, por otra parte, aunque practicada en la Antigüedad, adquirió connotaciones de descreimiento y escepticismo en el siglo XVIII, cuando los iluministas hicieron de ella un contra-símbolo de su rechazo a los dogmas consoladores de la Iglesia sobre la muerte. Aunque se sea firmemente creyente, la visibilidad de una cremación puede ser motivo de falsas interpretaciones, dado que en nuestra época, en la que, como acaba de decir el papa Benedicto XVI, “la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento”, todo lleva a desterrar a Dios “del horizonte de los hombres”.

Así pues, una enseñanza importantísima de la conmemoración de la Sábana Santa es el cuidado que debemos tener y la piedad que debemos manifestar hacia los difuntos, honrándolos en su entierro y conservando sus sepulcros. José de Arimatea y las santas mujeres se nos presentan como un ejemplo privilegiado de ello, que constituye –no se olvide– una de las obras de misericordia corporales: mortuos sepelire, enterrar a los muertos. Tan agradable es esta acción a Nuestro Señor que en la Biblia un libro entero, está dedicado a narrar el premio que mereció por ella el piadoso Tobit, el cual desafiaba la ira de los asirios al enterrar los cuerpos de los que éstos mataban y quedaban insepultos. El libro de Tobías es uno de los más conmovedores del Antiguo Testamento y debería servirnos de constante meditación sobre nuestros deberes para con los muertos, que merecen toda nuestra consideración. Sus cuerpos fueron templos del Espíritu Santo y compañeros de ruta de las almas que los habitaban. En la resurrección serán transformados para volver a recibir a sus antiguas huéspedes para compartir la gloria destinada a los hijos de Dios, de la que toda la Creación participará.

Y aquí venimos sobre el tema de la reliquia de la Sábana Santa, que es, sin duda, la más importante de toda la Cristiandad, por ser el vestigio material de la Resurrección de Cristo, fundamento de nuestra creencia católica. Como dice san Pablo, “si Cristo no resucitó, vana sería nuestra”. Pero Él, después de padecer y morir sobre la Cruz, “resucitó al tercer día según las Escrituras” como confesamos en el símbolo y de ello nos ha quedado una prueba física, milagrosamente conservada a pesar de los avatares por los que ha pasado, incluidos dos graves incendios. Se trata de la Síndone que se conserva en la catedral de San Juan Bautista de Turín. La Síndone o Sábana Santa es conocida también como el Santo Sudario, aunque conviene distinguir entre lo que el evangelista san Juan llama “othonion” (οθονιον) y lo que llama “soudarion” (σουδαριον). El primer término se refiere a la prenda de lino que envolvía todo el Cuerpo de Jesús en el sepulcro, mientras el segundo corresponde a la pieza que envolvía sólo la cabeza. El Discípulo Amado, advertido como Pedro por María Magdalena (que por esto es llamada la Apostola Apostolorum), fue el primero en llegar al monumento de José de Arimatea y vio estos paños, dando fe, además, que Pedro, que llegó después pero fue el primero en entrar, los encontró doblados y puestos separadamente. Así pues, sería conveniente hablar mejor de Sábana Santa para no confundir con el Santo Sudario, que, según la tradición más acreditada y sólida, es el que se conserva y venera en la catedral de Oviedo (coincidiendo, por cierto, sus datos materiales con los de la Síndone).

La reliquia de la Sábana Santa es una gran pieza de lino de 4,40 m. de largo x 1,10 m. de ancho. En ella se notan a simple vista vestigios de una figura humana, pero lo realmente sensacional es que en 1898, un fotógrafo de nombre Secondo Pia tomó unas placas de ella, llevándose una enorme sorpresa al ver los negativos, pues la imagen que se veía en ellos era nítida, como si se tratara de un positivo fotográfico. Se estaba, pues, al parecer, ante un retrato real de Jesucristo, impresionado en el momento preciso de la resurrección, actuando el lienzo de soporte. La cuestión es que la técnica fotográfica era impensable en el siglo I, por lo que se trató de un milagro, el más espectacular y sorprendente de ser cierto (que, a la luz de las investigaciones más serias y recientes, lo es). No es éste el lugar para ocuparnos del tema de la autenticidad de la Sábana Santa, pues se han escrito muchísimos libros en la materia, cuya importancia ha dado lugar a toda una rama de la ciencia con el nombre de Sindonología.

A nuestro humilde entender, la reliquia de la catedral de Turín es verdaderamente el lienzo que cubrió el Cuerpo de Nuestro Señor al ser puesto por José de Arimatea en su monumento. Algunos católicos sostienen que, aunque la Sábana Santa fuera en realidad una falsificación medieval, no dejaría de ser un icono importante para nuestra fe. Esto nos parece discutible. Está fuera de duda y demostrado que el hombre que aparece en ella fue un supliciado. Para nosotros es Jesucristo. Para los que niegan la autenticidad de la reliquia debe por fuerza ser alguien en quien se reprodujeron los tormentos de la Pasión para hacer creer que se trataba del Señor. En este último caso, ¿cómo podría considerarse un "icono de fe" el testimonio de lo que sería un crimen horrendo, al torturar a un pobre infeliz hasta la muerte sólo para engañar a los cristianos y medrar a costa de ello? Si la Sábana Santa fuera ese tipo de falsificación no sería desde luego un icono, sino un engaño infame y detestable, digno no de veneración, sino de ser destruido o quizás conservado para eterna vergüenza del catolicismo. Pero, afortunadamente, no es el caso.

Nos interesa, en cambio, trazar brevemente el largo y tortuoso itinerario que siguió la reliquia desde Oriente y que muestra a las claras cómo una especial providencia ha velado sobre ella, que, dejada a su suerte y al arbitrio de los hombres, hace tiempo que habría desaparecido. La historia documentada de la Sábana Santa se remonta a 1357, cuando se ostentó públicamente en Lirey, feudo de la familia de Charny, que eran también señores de Montfort. Jeanne de Vergy, viuda de Godofredo de Charny, portaestandarte del rey Juan II el Bueno, tenía gran devoción a la reliquia de la mortaja que había envuelto a Nuestro Señor en el sepulcro. Ésta había pasado a su propiedad por herencia de su bisabuelo Otón de la Roche, noble borgoñón que participó en la cuarta Cruzada, convirtiéndose en primer duque de Atenas, uno de los feudos francos que surgieron de los despojos del Imperio Bizantino. Se supone que fue él quien se apoderó de la Sábana Santa durante el saqueo de Constantinopla de 1204 y la trajo a Occidente en 1225, al volver de Grecia tras la muerte de su padre, transmitiendo el ducado ateniense a su sobrino Guido I. Jeanne de Vergy quería que se difundiera su culto, el cual, sin embargo, encontró la oposición de la jerarquía de entonces. El obispo de Troyes, Henri de Poitiers, aduciendo que se trataba de una falsificación, prohibió las ostensiones en 1360. La dama decidió entonces poner a salvo la reliquia en el castillo de Montfort por temor a que fuera robada o destruida. Allí permaneció hasta 1388, cuando fue restituida por su hijo a Lirey, donde recomenzaron las ostensiones, que habían sido autorizadas por el papa de Aviñón Clemente VII (Jeanne de Vergy se había casado en segundas nupcias con el tío de éste, Aimón de Ginebra).

El obispo Pierre d’Arcis, sin embargo, se opuso, dirigiendo un memorial a Clemente VII contra la Sábana Santa y pidiendo al rey Carlos VI que la confiscara. El clero de Lirey apeló por su parte al Papa, que, dándole la razón contra el obispo, confirmó el permiso para las ostensiones y concedió en 1390 una bula de indulgencias a favor de la reliquia. En medio de los desastres de la Guerra de los Cien Años, los canónigos de Lirey, por temor a que aquélla caiga en manos de las Grandes Compañías que asolan Francia, la entregan a Margarita de Charny, nieta de Jeanne de Vergy, y a su esposo Humberto de Villersexel, conde de la Roche, que la guardan nuevamente en el castillo familiar de Montfort en 1418. De allí pasó a Saint-Hyppolite, feudo del conde. A la muerte de éste, los canónigos de Lirey intentan recuperar la Síndone, pero chocan con la oposición adamantina de Margarita de Charny, que recurre al parlamento de Dôle y a la corte de Besançon, viéndose confirmada por estas instancias en su posesión. Con ella viajó por Lieja, Ginebra, Annecy, París, Bourg-en-Bresse y Niza, hasta que en 1452 la permutó contra el castillo de Varambon a Ana de Lusiñán, hija del rey de Chipre y rey titular de Jerusalén y de Armenia, y esposa del duque Luis I de Saboya. Éste consiente en 1465 en indemnizar a los canónigos de Lirey mediante el pago de una renta. La Sábana Santa conoce nuevos desplazamientos, esta vez por los dominios saboyanos: Vercelli, Turín, Ivrea, Susa, Chambéry, Avigliano, Rívoli y Pinerolo.

En 1502 fue por fin depositada permanentemente en la Santa Capilla del palacio Chambéry, capital de los estados de los duques de Saboya. El santuario había sido comenzado en 1408 bajo el conde Amadeo VIII (más tarde antipapa Félix V por el concilio de Basilea) en estilo gótico flamígero. Amadeo IX obtuvo del papa Pablo II que lo dotara de un capítulo canonical, quedando así convertido en colegiata. En la noche del 3 al 4 de diciembre de 1532, hubo un grave incendio en la Santa Capilla que a punto estuvo de devorar la reliquia. El cofre de plata en el que se hallaba fue rescatado cuando comenzaba a fundirse el metal, lo cual afectó al lienzo en las junturas de los 48 pliegues en los que se hallaba doblado. En 1534 las clarisas de Chambéry lo restauraron, cosiendo piezas triangulares de tela para cubrir los agujeros de las quemaduras. Los duques de Saboya trasladaron su capital a Turín en 1562. Dieciséis años después la Sábana Santa era llevada a la corte piamontesa, siendo depositada en la catedral de San Juan Bautista. Entre 1668 y 1694 fue construida la Capilla del Santo Sudario, obra magnífica del arquitecto Guarino Guarini. Allí fue conservada la reliquia hasta 1997, cuando otro terrible incendio destruyó la capilla y una parte del palacio de los duques adyacente a la catedral. El heroísmo del bombero Mario Trematore salvó in extremis la Sábana Santa a costa de graves quemaduras en sus manos.

La sagrada reliquia de la santa mortaja que envolvió el Cuerpo de Nuestro Redentor fue propiedad de los duques de Saboya y en su casa se mantuvo cuando se convirtieron en reyes de Cerdeña y Piamonte y, en fin, en reyes de Italia. En 1983 pasó a ser propiedad del Papa por testamento del ex rey Humberto II, en el exilio desde 1946. Juan Pablo II dispuso una ostensión pública en 2000, con motivo del año jubilar del nuevo milenio. La próxima ostensión está prevista para el año santo 2025. En cuanto a la historia de la Sábana Santa previa a su venida desde Oriente, parece ser que ha de identificarse con el Mandylion de los reyes de Edesa, que algunos confunden con el sudario de la cabeza o el de la Verónica. El hecho de que haya sido conocido con el apelativo de Tetradiplon (es decir, “cuatro veces doblado”) indica que, en realidad, parece que era el lienzo mortuorio plegado de manera de dejar ver sólo la parte del rostro. La tradición dice que José de Arimatea o san Pedro dio la Sábana Santa como regalo a Agbar V de Edesa, rey de Osroene, de quien se dice haber sido el primer monarca en convertirse al cristianismo. En 944, ante la amenaza del Islam, fue el Mandylion llevado a Constantinopla, donde en 1203 asegura haberlo visto el caballero cruzado Robert de Clary, quien declaró que cada viernes se lo desplegaba y alzaba bien en alto para ser visto y venerado por los fieles. En 1205, el príncipe Teodoro Angelos, sobrino de los emperadores bizantinos se quejaba en carta al papa Inocencio III del expolio de Constantinopla llevado a cabo por los venecianos y hacía alusión al robo de la Síndone. Y aquí enlazan los hechos con lo que hemos contado sobre el traslado a Occidente por Otón de la Roche.



Feria VI post Dominicam II Quadragesimae


SACRATISSIMAE SINDONIS D.N.I.C.


Introitus

(Philipp. II, 8-9) HUMILIÁVIT semetípsum Dóminus Jesus Christus usque ad mortem, mortem autem crucis: propter quod et Deus exaltávit illum, et donávit illi nomen, quod est super omne nomen. (Ps. LXXXVIII, 2) Misericórdias Dómini in aetérnum cantábo: in generatiónem et generatiónem annuntiábo veritátem tuam in ore meo. V. Glória Patri. Humiliavit…


Oratio

DEUS, qui nobis in sancta Síndone, qua corpus tuum sacratíssimum, e Cruce depósitum, a Joseph involútum fuit, passiónis tuae vestígia reliquísti: concéde propítius; ut per mortem et sepultúram tuam, ad resurrectiónis glóriam perducámur: Qui vivis et regnas... R. Amen.


Epistola

Léctio Isaíae Prophétae (Is LXII, 11 ; LXIII, 1-7) HAEC dicit Dóminus Deus: Dícite fíliae Sion: Ecce Salvátor tuus venit: ecce merces ejus cum eo. Quis est iste, qui venit de Edom, tinctis véstibus de Bosra ? Iste formósus in stola sua, grádiens in multitúdine fortitúdinis suae. Ego, qui loquor justítiam, et propugnátor sum ad salvándum. Quare ergo rubrum est induméntum tuum, et vestiménta tua sicut calcántium in torculári ? Tórcular calcávi solus, et de géntibus non est vir mecum: calcávi eos in furóre meo, et conculcávi eos in ira mea: et aspérsus est sanguis eórum super vestiménta mea, et ómnia induménta mea inquinávi. Dies enim ultiónis in corde meo, annus redemptiónis meae venit. Circumspéxi, et non erat auxiliátor: quaesívi, et non fuit qui adjuváret: et salvávit mihi bráchium meum, et indignátio mea ipsa auxiliáta est mihi. Et conculcávi pópulos in furóre meo, et inebriávi eos in indignatióne mea, et detráxi in terram virtútem eórum. Miseratiónum Dómini recordábor, laudem Dómini super ómnibus, quae réddidit nobis Dóminus Deus noster.


Graduale

(Ps LXVIII, 21-22) Impropérium exspectávit cor meum, et misériam: et sustínui, qui simul mecum contristarétur, et non fuit: consolántem me quaesívi, et non invéni. V. Dedérunt in escam meam fel, et in siti mea potavérunt me acéto.


Tractus

(Isai. LIII, 4-5) Vere languóres nostros ipse tulit, et dolóres nostros ipse portávit. V. Et nos putávimus eum quasi leprósum, et percússum a Deo, et humiliátum. V. Ipse autem vulnerátus est propter iniquitátes nostras, attrítus est propter scélera nostra. V. Disciplína pacis nostrae super eum: et livóre ejus sanáti sumus.

In Missis per annum post Graduale, omisso Tractu, dicitur:

Allelúja, allelúja. V. Ave, Rex noster: tu solus nostros es miserátus erróres: Patri obédiens, ductus es ad crucifigéndum, ut agnus mansuétus ad occisiónem. Allelúja.

Tempore autem Paschali, omissis Graduali et Tractu, dicitur:

Allelúja, allelúja. V. Ave, Rex noster: tu solus nostros es miserátus erróres: Patri obédiens, ductus es ad crucifigéndum, ut agnus mansuétus ad occisiónem. Allelúja. V. Tibi glória, hosánna: tibi triúmphus et victória: tibi summae laudis et honóris coróna. Allelúja.


Evangelium

+ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Marcum (Mc XV, 42-46). IN illo témpore: Cum jam sero esset factum (quia erat Parascéve, quod est ante sábbatum) venit Joseph ab Arimathaéa, nóbilis decúrio, qui et ipse erat exspéctans regnum Dei, et audácter introívit ad Pilátum, et pétiit corpus Jesu. Pilátus autem mirabátur si jam obiísset. Et accersíto centurióne, interrogávit eum si jam mórtuus esset. Et cu m cognovísset a centurióne, donávit corpus Joseph. Joseph autem mercátus síndonem, et depónens eum invólvit síndone, et pósuit eum in monuménto, quod erat excísum de petra, et advólvit lápidem ad óstium monuménti. Credo.


Offertorium

(Levit. XVI, 2 et 5) Ingréssus Aaron tabernáculum, ut holocáustum offérret super altáre pro peccátis filiórum Israël, túnica línea indútus est.


Secreta

ACCÉPTA tibi, Dómine, sint haec múnera: cui pro mundi salúte grata éxstitit Fílii tui pássio gloriósa: Qui tecum vivit et regnat. R. Amen.Praefatio de Cruce.


Communio

(Mc XV, 46) Joseph autem mercátus síndonem, et depónens eum invólvit síndone.


Postcommunio

SATIÁSTI, Dómine, famíliam tuam munéribus sacris: quaésumus ; ut, per temporálem Fílii tui mortem, quam mystéria veneránda testántur, vitam te nobis dedísse perpétuam confidámus. Per eúmdem Dóminum nostrum Iesum Christum... R. Amen.



La misa de hoy hace referencia a las cinco principales Llagas de Nuestro Señor, provocadas por la crucifixión y la lanzada de san Longinos. Muchas otras surcaban las divinas carnes de Jesús: las provocadas por la cruel flagelación y por las caídas, las de la corona de espinas, la del hombro sobre el que cargó con el madero por la calle de Amargura camino del Calvario. Sin embargo, las que son objeto de especial devoción son las primeras. Las de los clavos provocaron nuevas y especialmente graves hemorragias, que consumaron la redención, y la de la lanza, causada post-mortem, abrió el Sagrado Corazón, haciendo manar una efusión de gracia de la que nació la Iglesia.

La consideración de las Santas Llagas nos lleva a pensar en todos los accidentados, en los que sufren de enfermedades que los ulceran, pero también en todos aquellos a los que atraviesan los dardos de la maledicencia, de la calumnia, de las injurias, de las ofensas, de las detracciones, de las murmuraciones; los que son moralmente crucificados; los que padecen en su fama, en su honor y buen nombre; los que son víctimas de las lanzadas de la mala fe y la mala voluntad; los que sangran por la ingratitud, la indiferencia y el desdén con los que son tratados; todos los corazones afligidos y atormentados, en fin. Acordémonos de encomendarlos a todos a Jesús víctima para que en su Corazón divino y misericordioso encuentren el bálsamo lenitivo y curativo de sus sufrimientos.

Las Cinco Llagas son representadas esquemáticamente en la Heráldica mediante una cruz potenzada cantonada de cuatro crucetas, todas de gules (rojo), representando la primera la llaga del costado y las demás las llagas de las santas extremidades. Las Cinco Llagas así dispuestas fueron adoptadas como blasón por la Orden de Caballeros del Santo Sepulcro; también constituyeron las armas del Reino latino de Jerusalén, pero en oro, derivando de ellas el escudo de Portugal.

Consignamos, a continuación, el ejercicio de la adoración de las Cinco Llagas, que es muy útil rezar todos los viernes del año y también como visita a Jesús Crucificado en nuestras iglesias y para cerrar el Vía crucis.



ADORACIÓN DE LAS CINCO LLAGAS
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO





Acto de contrición.- Al estar de rodillas ante Vuestra imagen sagrada, oh Salvador mío, mi conciencia me dice que yo he sido él que os ha clavado en la cruz, con estas mis manos, todas las veces que he osado cometer un pecado mortal. Dios mío, mi amor y mi todo, digno de toda alabanza y amor, viendo como tantas veces me habéis colmado de bendiciones, me echo de rodillas, convencido de que aún puedo reparar las injurias con que os he inferido. Al menos os puedo compadecer, puedo daros gracias por todo lo que habéis hecho por mí. Perdonadme, Señor mío. Por eso, con el corazón y con los labios adoro con toda unción vuestras cinco llagas como otros tantos canales de los que dimana vuestra gran misericordia.

A la llaga del pie izquierdo

Adoro, Jesús mío, la llaga de vuestro pie izquierdo y por ella os suplico perdón por tantas veces como he dado malos pasos, emprendiendo así el camino de la perdición. Apartadme, Señor, de él, y enderezadme por el camino de vuestros santos mandamientos. Pater, Ave y Gloriapatri



A la llaga del pie derecho

Adoro, Jesús mío, la llaga de vuestro pie derecho y por ella os suplico perdón por tantas veces como he pisoteado vuestra Santa Ley y los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Que en adelante sepa aplastar, con la ayuda de vuestra santa gracia, las tentaciones e insidias de la serpiente antigua, que acecha el calcañar de los hombres. Pater, Ave y Gloriapatri


A la llaga de la mano izquierda

Adoro, Jesús mío, la llaga de vuestra mano izquierda y por ella os suplico perdón por todas las malas obras de mis manos y por los escándalos de los que haya sido ocasión por ellas. Os ruego, Redentor mío, que me concedáis diligencia para reparar el daño que haya podido causar. Pater, Ave y Gloriapatri

A la llaga de la mano derecha

Adoro, Jesús mío, la llaga de vuestra mano derecha y por ella os suplico perdón por todas las veces que no he tendido una mano caritativa a mi prójimo necesitado. Imploro, Señor, la gracia de ser misericordioso con mis hermanos como Vos lo sois conmigo. Pater, Ave y Gloriapatri


A la llaga del santísimo costado

Adoro, Jesús mío, la llaga de vuestro santísimo costado y por ella os suplico perdón por mi ingratitud, al no haber correspondido a vuestras bondades. Abridme, Dios y Señor mío, vuestro Corazón Sacratísimo y que me inflame y consuma en el fuego inextinguible de vuestro Divino Amor. Pater, Ave y Gloriapatri


V. Adorámoste, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.


Oración a la Madre dolorosa

¡Oh Virgen Santísima, Madre de Dolores, que al pie de la Cruz asististeis a la agonía y muerte de vuestro Divino Hijo! Me compadezco con Vos por la tortura que debió significar para vuestro amabilísimo y purísimo Corazón ver cómo clavaban los pies y las manos de Jesús al madero y cómo fue atravesado por la lanza del soldado aquel Cuerpo al que disteis carne de vuestra carne y sangre de vuestra sangre. Obtenedme de la Divina Misericordia que no renueve con mis pecados vuestras penas y que sepa consolaros con una vida santa y una cordialísima y verdadera devoción a Vos, que es signo de predestinación, y para más obligaros os saludo con una Salve Regina…


Sancta mater, istud agas,
Crucifixi fige plagas
Cordi meo valide.



SACRORUM QUINQUE VULNERUM D.N.I.C.


Introitus

(Philipp. II, 8-9) HUMILIÁVIT semetípsum Dóminus Jesus Christus usque ad mortem, mortem autem crucis: propter quod et Deus exaltávit illum, et donávit illi nomen, quod est super omne nomen. (Ps. LXXXVIII, 2) Misericórdias Dómini in aetérnum cantábo: in generatiónem et generatiónem. V. Glória Patri. R. Amen. HUMILIÁVIT



Oratio

>DEUS, qui unigéniti Fílii tui passióne et, per quinque Vúlnera ejus, sánguinis effusióne, humánam natúram peccáto pérditam reparásti: tríbue nobis, quaésumus ; ut, qui ab eo suscépta Vúlnera venerámur in terris, ejúsdem pretiosíssimi sánguinis fructum cónsequi mereámur in caelis. Per eúmdem Dóminum. R. Amen.

Epistola


Léctio Zacharíae Prophétae (Zach. XII, 10-11 ; XIII, 6-7). HAEC dicit Dóminus: Effúndam super domum David, et super habitatóres Jerúsalem spíritum grátiae et precum: et aspícient ad me, quem confixérunt: et plangent eum planctu quasi super unigénitum, et dolébunt super eum, ut doléri solet in morte primogéniti. In die illa magnus erit planctus in Jerúsalem, et dicétur: Quid sunt plagae istae in médio mánuum tuárum ? Et dicet: His plagátus sum in domo eórum, qui diligébant me. Frámea, suscitáre super pastórem meum, et super virum cohaeréntem mihi, dicit Dóminus exercítuum: pércute pastórem, et di spergéntur oves: ait Dóminus omnípotens.

Graduale

(Ps. LXVIII, 21-22) Impropérium exspectávit cor meum, et misériam: et sustínui, qui simul mecum contristarétur, et non fuit: consolántem me quaesívi, et non invéni. V. Dedérunt in escam meam fel, et in siti mea potavérunt me acéto.Allelúja, allelúja. V. Ave, Rex noster: tu solus nostros es miserátus erróres: Patri obédiens, ductus es ad crucifigéndum, ut agnus mansuétus ad occisiónem. Allelúja.

Post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur

Tractus

(Isai. 53, 4-5) Vere languóres nostros ipse tulit, et dolóres nostros ipse portávit. V. Et nos putávimus eum quasi leprósum, et percússum a Deo, et humiliátum. V. Ipse autem vulnerátus est propter iniquitátes nostras, attrítus est propter scélera nostra. V. Disciplína pacis nostrae super eum: et livóre ejus sanáti sumus.

Tempore autem Paschali omittitur Graduale, et ejus loco dicitur:

Allelúja, allelúja. V. Ave, Rex noster: tu solus nostros es miserátus erróres: Patri obédiens, ductus es ad crucifigéndum, ut agnus mansuétus ad occisiónem. Allelúja. V. Tibi glória, hosánna: tibi triúmphus et victória: tibi summae laudis et honóris coróna. Allelúja.


Evangelium

+ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem (Joann. XIX, 28-35). IN illo témpore: Sciens Jesus quia ómnia consummáta sunt, ut consummarétur Scriptúra, dixit: Sítio. Vas ergo erat pósitum acéto plenum. Illi autem spóngiam plenam acéto, hyssópo circumponéntes, obtulérunt ori ejus. Cum ergo accepísset Jesus acétum, dixit: Consummátum est. Et inclináto cápite trádidit spíritum. Judaéi ergo (quóniam Parascéve erat) ut non remanérent in cruce córpora sábbato (erat enim magnus dies ille sábbati), rogavérunt Pilátum, ut frangeréntur eórum crura, et tolleréntur. Venérunt ergo mílites: et primi quidem fregérunt crura, et altérius, qui crucifíxus est cum eo. Ad Jesum autem cum veníssent, ut vidérunt eum jam mórtuum, non fregérunt ejus crura, sed unus mílitum láncea latus ejus apéruit, et contínuo exívit sanguis et aqua. Et qui vidit, testimónium perhíbuit: et verum est testimónium ejus. Credo


Offertorium

Insurrexérunt in me viri iníqui: absque misericórdia quaesiérunt me interfícere: et non pepercérunt in fáciem meam spúere: lánceis suis vulneravérunt me, et concússa sunt ómnia ossa mea.


Secreta

MAJESTÁTI tuae, quaésumus, Dómine, accépta sint dona: in quibus ipsa Unigéniti tui Vúlnera tibi offérimus, nostrae prétia libertátis. Per eúmdem Dóminum. R. Amen.


Praefatio de Cruce


Communio

(Ps. XXI, 17-18) Fodérunt manus meas et pedes meos: dinumeravérunt ómnia ossa mea.


Postcommunio

REFÉCTI vitálibus alimóniis, quaésumus, Dómine Deus noster: ut qui Vúlnera Dómini nostri Jesu Christi hódie devóte cólimus ; haec in nostris córdibus impréssa, móribus et vita teneámus. Per eúmdem Dóminum. R. Amen.

INDICE





LITANIAE PRETIOSISSIMI SANGUINIS D.N.I.C.


A Beato Ioanne PP XXIII adprobatae

Kyrie, eleison Kyrie, eleison.
Christe, eleison Christe, eleison.
Kyrie, eleison Kyrie, eleison.
Christe, audi nos Christe, audi nos.
Christe, exaudi nos. Christe, exaudi nos.
Pater de caelis, Deus, miserere nobis.
Fili, Redemptor mundi, Deus, miserere nobis.
Spiritus Sancte, Deus, miserere nobis.
Sancta Trinitas, unus Deus, miserere nobis.

Sanguis Christi, Unigeniti Patris aeterni, salva nos.
Sanguis Christi, Verbi Dei incarnati, salva nos.
Sanguis Christi, Novi et Aeterni Testamenti, salva nos.
Sanguis Christi, in agonia decurrens in terram, salva nos.
Sanguis Christi, in flagellatione profluens, salva nos.
Sanguis Christi, in coronatione spinarum emanans, salva nos.
Sanguis Christi, in Cruce effusus, salva nos.
Sanguis Christi, pretium nostrae salutis, salva nos.
Sanguis Christi, sine quo non fit remissio, salva nos.
Sanguis Christi, in Eucharistia potus et lavacrum animarum, salva nos.
Sanguis Christi, flumen misericordiae, salva nos.
Sanguis Christi, victor daemonum, salva nos.
Sanguis Christi, fortitudo martyrum, salva nos.
Sanguis Christi, virtus confessorum, salva nos.
Sanguis Christi, germinans virgines, salva nos.
Sanguis Christi, robur periclitantium, salva nos.
Sanguis Christi, levamen laborantium, salva nos.
Sanguis Christi, in fletu solatium, salva nos.
Sanguis Christi, spes poenitentium, salva nos.
Sanguis Christi, solamen morientium, salva nos.
Sanguis Christi, pax et dulcedo cordium, salva nos.
Sanguis Christi, pignus vitae aeternae, salva nos.
Sanguis Christi, animas liberans de lacu Purgatorii, salva nos.
Sanguis Christi, omni gloria et honore dignissimus, salva nos.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, parce nobis, Domine.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, exaudi nos, Domine.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis, Domine.

V. Redimisti nos, Domine, in sanguine tuo.
R. Et fecisti nos Deo nostro regnum.

Oremus;

Omnipotens sempiterne Deus, qui unigenitum Filium tuum mundi Redemptorem constituisti, ac eius sanguine placari voluisti: concede, quaesumus, salutis nostrae pretium ita venerari, atque a praesentis vitae malis eius virtute defendi in terris, ut fructu perpetuo laetemur in caelis. Per eundem Christum Dominum nostrum. R. Amen.

LETANÍAS DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Aprobadas por el beato Juan XXIII


Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espiritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
Sangre de Cristo, hijo único del Padre Eterno, sálvanos.
Sangre de Cristo, Verno encarnado, sálvanos.
Sangre de Cristo, Nuevo y Antiguo Testamento, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra durante su agonía, sálvanos.
Sangre de Cristo, vertida en la flagelación, sálvanos.
Sangre de Cristo, que emanó de la corona de espinas, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada sobre la Cruz, sálvanos.
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, sálvanos.
Sangre de Cristo, sin la cual no puede haber remisión, sálvanos.
Sangre de Cristo, alimento eucarístico y purificación de las almas, sálvanos.
Sangre de Cristo, manantial de misericordia, sálvanos.
Sangre de Cristo, victoria sobre los demonios, sálvanos.
Sangre de Cristo, fuerza de los mártires, sálvanos.
Sangre de Cristo, virtud de los confesores, sálvanos.
Sangre de Cristo, fuente de virginidad, sálvanos.
Sangre de Cristo sostén de los que están en peligro, sálvanos.
Sangre de Cristo, alivio de los que sufren, sálvanos.
Sangre de Cristo, consolación en las penas, sálvanos.
Sangre de Cristo, espíritu de los penitentes, sálvanos.
Sangre de Cristo, auxilio de los moribundos, sálvanos.
Sangre de Cristo, paz y dulzura de los corazones, sálvanos.
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna, sálvanos.
Sangre de Cristo que libera a las almas del Purgatorio, sálvanos.
Sangre de Cristo, digna de todo honor y de toda gloria, sálvanos.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

V. Nos rescataste, Señor, por tu Sangre.
R. E hiciste nuestro el reino de los cielos.

Oremos: Dios Eterno y Todopoderoso que constituíste a tu hijo único Redentor del mundo, y que quisiste ser apaciguado por su sangre, haz que venerando el precio de nuestra salvación y estando protegidos por él sobre la tierra contra los males de esta vida, recojamos la recompensa eterna en el Cielo. Por Jescucristo Nuestro Señor. R. Amén.






MISSA SANGUINIS D.N.I.C.


Introitus

(Apoc. V, 9-10) REDEMÍSTI nos, Dómine, in sánguine tuo, ex omni tribu, et lingua, et pópulo, et natióne: et fecísti nos Deo nostro regnum. Ps. 88, 2 Misericórdias Dómini in aetérnum cantábo: in generatiónem et generatiónem annuntiábo veritátem tuam in ore meo. V. Glória Patri. REDEMISTI


Oratio

OMNÍPOTENS sempitérne Deus, qui unigénitum Fílium tuum mundi Redemptórem constituísti, ac ejus Sánguine placári voluísti: concéde, quaésumus, salútis nostrae prétium solémni cultu ita venerári, atque a praeséntis vitae malis ejus virtúte deféndi in terris ; ut fructu perpétuo laetémur in caelis. Per eúmdem Dóminum… R. Amen.



Epistola

Léctio Epístolae beáti Pauli Apóstoli ad Hebraéos (Haebr. IX, 11-15). FRATRES: Christus assístens póntifex futurórum bonórum, per ámplius et perféctius tabernáculum non manufáctum, id est, non hujus creatiónis ; neque per sánguinem hircórum, aut vitulórum, sed per próprium sánguinem introívit semel in Sancta, aetérna redemptióne invénta. Si enim sanguis hircórum, et taurórum, et cinis vítulae aspérsus, inquinátos sanctíficat ad emundatiónem carnis: quanto magis sanguis Christi, qui per Spíritum Sanctum semetípsum óbtulit immaculátum Deo, emundábit consciéntiam nostram ab opéribus mórtuis, ad serviéndum Deo vivénti ? Et ídeo novi testaménti mediátor est: ut morte intercedénte, in redemptiónem eárum praevaricatiónum, quae erant sub prióri testaménto, repromissiónem accípiant, qui vocáti sunt, aetérnae hereditátis, in Christo Jesu Dómino nostro.


Graduale

(I Joann. V, 6 et 7-8) Hic est qui venit per aquam et sánguinem, Jesus Christus: non in aqua solum, sed in aqua et sánguine. V. Tres sunt, qui testimónium dant in caelo: Pater, Verbum et Spíritus Sanctus: et hi tres unum sunt. Et tres sunt, qui testimónium dant in terra: Spíritus, aqua et sanguis: et hi tres unum sunt.


Tractus

(Ephes. 1, 6-8) Gratificávit nos Deus in dilécto Fílio suo, in quo habémus redemptiónem per sánguinem ejus. V. Remissiónem peccatórum, secúndum divítias grátiae ejus, quae superabundávit in nobis. V. (Rom. III, 24-25) Justificáti gratis per grátiam ipsíus, per redemptiónem, quae est in Christo Jesu. V. Quem propósuit Deus propitiatiónem per fidem in sánguine ipsíus.


Evangelium

+ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem (Ioann. XIX, 30-35). IN illo témpore: Cum accepísset Jesus acétum, dixit: Consummátum est. Et inclináto cápite trádidit spíritum. Judaéi ergo (quóniam Parascéve erat) ut non remanérent in cruce córpora sábbato (erat enim magnus dies ille sábbati), rogavérunt Pilátum, ut frangeréntur eórum crura, et tolleréntur. Venérunt ergo mílites: et primi quidem fregérunt crura, et altérius, qui crucifíxus est cum eo. Ad Jesum autem cum veníssent, ut vidérunt eum jam mórtuum, non fregérunt ejus crura, sed unus mílitum láncea latus ejus apéruit, et contínuo exívit sanguis et aqua. Et qui vidit, testimónium perhíbuit: et verum est testimónium ejus. Credo


Offertorium

(I Cor. X, 16) Calix benedictiónis, cui benedícimus, nonne communicátio sánguinis Christi est? Et panis, quem frángimus, nonne participátio córporis Dómini est?


Secreta


PER haec divína mystéria, ad novi, quaésumus, testaménti mediatórem Jesum accedámus: et super altária tua, Dómine virtútum, aspersiónem sánguinis mélius loquéntem, quam Abel, innovémus. Per eúmdem Dóminum. R. Amen.


Praefatio de Cruce

Communio

(Hebr. IX, 28) Christus semel oblátus est ad multórum exhauriénda peccáta: secúndo sine peccáto apparébit exspectántibus se in salútem.


Postcommunio

AD sacram, Dómine, mensam admíssi, háusimus aquas in gáudio de fóntibus Salvatóris: sanguis ejus fiat nobis, quaésumus, fons aquae in vitam aetérnam saliéntis. Qui tecum vivit… R. Amen.





INDICE
Publicado por Dr. Durand en COSTUMBRARIO TRADICIONAL CATOLICO
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