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Comentarios de Puntadas católicas
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De la mano de Benedicto XVI-2

5. PARA FORTALECER LA VOLUNTAD

5. Ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios.

Benedicto XVI


Hoy nos decía el padre en la misa, que debemos someter al cuerpo de vez en cuando, para fortalecer nuestra voluntad.

Y supongo que cada vez ha de ser mas difícil esto, puesto que vivimos inmersos en una cultura de libertinaje y autosatisfacción, en donde todo el mundo te dice: "No te limites, haz lo que tú quieras y cuando tú quieras, que para eso eres libre". Y no nos damos cuenta que luego, cuando estamos tan acostumbrados a obtener todo lo que queramos, llegará un momento en lo que nada nos satisfaga. Y eso lo podemos ver en muchos de los jóvenes de hoy, a los que nada les cuesta trabajo, porque todo se los dan y que nada valoran por la misma razón, pero a los que cada vez les es mas difícil encontrar algo que verdaderamente les llene el espíritu.

Hay que enseñarnos a nosotros mismos a ponernos límites, a privarnos de vez en cuando de las cosas que nos gustan, para fortalecer nuestra voluntad y hay que enseñarles lo mismo a nuestros hijos, esa es la mejor manera de evitarles sufrimientos futuros y no darles y cumplirles todos sus caprichos como erróneamente pensamos.

MÁS CLARO, NI EL AGUA


«¿No saben cuál es el ayuno que me agrada?: romper las cadenas injustas, desatar las amarras de los opresores, dejar libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo; compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás tu rostro ante el hermano»
(Is 58,6-7).







A esta palabra, que es del Señor, no queda nada que agregarle; nada que comentar, aclarar o ejemplificar. A veces le buscamos demasiadas explicaciones a lo que está más claro que el agua y nosotros solitos nos hacemos bolas.

Hasta mañana, a esperar lo que nos traiga el dia.

El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos (...).Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño.

Benedicto XVI

GENEROSIDAD EN EL SERVICIO A DIOS

Podemos aprender [de Cristo] a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.

Benedicto XVI

omentaba San Alberto en unos Ejercicios Espirituales: “La generosidad es la gran arma para aceptar la ley y para ir más lejos en el servicio de Dios. Los Ejercicios están hechos para almas generosas... que quieran mucho afectarse en todo servicio de sus Señor.

Hubo un gorrión que se gloriaba de ser filósofo, había estudiado lógica y armaba excelentes silogismos. “He descubierto –les dijo a los gorriones reunidos en congreso- que a medida que aumenta nuestro peso se dificulta nuestro vuelo: cuando la lluvia empapa nuestras alas casi no podemos alzarnos. ¡Muy cierto, chirriaron los gorriones! “Ahora bien, es muy cierto que nuestras alas representan un peso; sin nuestras alas vamos pesar menos”. ¡Cierto, conforme, conforme, chirriaron los gorriones todos!. “Vean pues la solución, el silogismo es perfecto: cuando pesamos menos, volamos mejor; sin nuestras alas pesamos menos; luego, si nos quitamos las alas vamos a volar como un cohete...”. Los gorriones enmudecieron todos, hasta que al fin un viejo gorrión se arriesgó a decir: “Señor Doctor, no sé qué contestar; pero tengo mis dudas... Haga primero la experiencia. Córtese las alas y luego vemos”. Tenía razón el viejo gorrión, porque a pesar de la paradoja, las alas que lleva el pájaro, lo llevan también a él. Es un peso que ayuda a llevar el peso; un peso que en vez de aplastar, levanta.

Lo mismo acontece con la generosidad. La gente que regatea con los mandamientos los hace pesados... cortan dos, tres, o cuatro, y no pueden cargar ni con el resto. En cambio hay muchos que encima de todos sus mandamientos han colocado sobre sus hombros toda su generosidad. Hacen mucho más que el frío deber. Agregan a sus obligaciones comunes todas las obras que les inspira el amor, caminan alegres donde los demás arrastran y afirman que es hermoso servir a Dios. El generoso que hace más que lo obligado quita a la obligación su carácter áspero. El santo es el único que hace siempre lo que quieres”

8. ¿CUÁL PECADO?





Aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, «fuente viva de esperanza», le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo.

Benedicto XVI


El tiempo de Cuaresma es un tiempo ideal para orar y para reflexionar. Para hacer una introspección y evaluar el estado de nuestra alma. Hace unas semanas el párroco nos comentaba acerca de una persona que en determinado momento le había expresado que no sentía que tuviera pecados graves en su vida, que las cosas que hacía o dejaba de hacer eran cosas normales y naturales y que no sentía que con ello ofendiera a Dios.

En estos dias precisamente he estado leyendo un poco acerca de esto y encontré una frase de Juan Pablo II y una plática de un sacerdote llamado Gustavo Lombardo, bsada en los ejercicios espirituales de San Ignacio de loyola, que nos hace reflexionar acerca de este tema. Les pego el fragmento del escrito.


Juan Pablo II profundizaba en esa idea: “el hombre contemporáneo experimenta la amenaza de una impasibilidad espiritual y hasta la muerte de la conciencia y esta muerte es algo más profundo que el pecado: es la pérdida del sentido del pecado. Esto es lo que Cristo ha llamado pecado contra el Espíritu Santo”.


Dice San Juan (Jn, 1,8) Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros (1 Jn 1, 10.)

No solamente nos engañamos a nosotros mismos, sino que lo hacemos mentiroso a nuestro Señor Jesucristo, y lo hacemos mentiroso por así decirlo, incluso en su mismo nombre. Nosotros sabemos que en el Antiguo Testamento algunos nombres eran puestos para designar una misión determinada, que esa persona iba a tener en el mundo. Y se le aparece el ángel a San José: “lo llamarás Jesús por que salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21) (En hebreo Jesús es Yehosua y significa “Yahveh salva”). En castellano o en otra lengua que no sea el hebreo no se llega a entender bien la primera parte de la oración con la segunda, pero si uno supiera un poco de hebreo podría decir así, lo llamarás Yehosua o sea “Yahveh salva”, porque salvará al pueblo de sus pecados. Es decir que Cristo viene a salvarnos de los pecados. Si yo digo entonces que no tengo pecado, estoy diciendo que Cristo se encarnó en vano, en definitiva estoy diciendo que nuestro Señor es un mentiroso, porque vino a hacer algo que no hacia falta, vino a redimirnos de una realidad que no existía.


Uno podría objetar que ya sabemos que somos pecadores y que no hace falta que nos lo digan… pero sucede que mientras más uno se reconoce como tal, más recibe la acción de la gracia de Dios, la acción de la redención de Cristo. Dice Santo Tomás de Aquino que la medida de Gracia que uno recibe coincide con el grado de arrepentimiento. Es como un resorte al cual mientras más se lo presiona, más surge hacia arriba.


“Non Serviam” En cada pecado hay un eco del “Non Serviam”, no serviré, satánico, hay algo de ese orgullo de Luzbel en rechazar a Dios, al Creador. En cada pecado también hay un resabio de aquel pecado de Adán y Eva, de aquel rechazo también de la voluntad de Dios, de aquel rechazo del mandato del Creador. En cada pecado se escucha el eco de aquel, "no queremos que este reine sobre nosotros". «A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1488). El único mal es el pecado. Tendríamos que poner una escala de nuestros valores en nuestra cabeza, inteligencia y decir bueno ¿qué es el mal para mí?, ¿una enfermedad?, ¿un problema familiar?, ¿perder el trabajo?, ¿una discusión con un ser querido? Todo eso tendría que estar abajo, pero muy abajo del único mal, el pecado. ¿Qué otra cosa puede compararse a esta realidad? y esto es lo que tenemos que considerar, que aprender, hacer nuestro en esta meditación, poder llegar a pensar como pensaban los santos.


Si vemos que un hijo tan querido por sus padres se revela contra ellos ¡que indignación nos produce!, cuánto se estremece nuestro corazón al ver eso. Quizás uno conozca o haya tenido oportunidad en su vida de ver esta realidad, bueno muchísimo mas es esto que estamos diciendo. La creatura revelarse contra el bien infinito que incluso no solo la creó, sino que la redimió. Contra un Dios clavado en la cruz por su amor. Aquellas dos cosas que se dan en el pecado, la aversión a Dios, darle la espalda a Dios y la conversión a las creaturas, cambiar a Dios por una creatura. Y eso somos nosotros. Y eso hemos hecho nosotros en nuestra vida. ¿Quiénes somos nosotros para hacer algo así? Y un poco mas todavía, ahora consideremos quien es Dios, mas importante todavía para entenderlo. Porque mientras mayor es la dignidad de aquel a quien ofendemos mas grave es el pecado, sin lugar a dudas.


Entonces, retomando lo que nos contaba el sacerdote la otra vez: no es que aquel señor se creyera santo, simplemente que es uno mas de los miles y miles de cristianos que hemos caído en una indiferencia hacia el pecado, que vemos tantas cosas tan horripilantes en el mundo, que tal vez creemos que lo nuestro es nada a comparación de aquello. Pero como bien hemos leído en estos RECORTITOS que les he compartido, debemos revalorar el concepto de pecado y ver que, hacer cualquier cosa que esté lejos de la ley de Dios, nos aleja a nosotros también. Como dice B16, roguemos a María que nos acompañe y nos ayude en este camino curesmal, a reconocer en nosotros el pecado que nos aleja de Dios.

9. ¿ESTAMOS REALMENTE EN CRISIS?

La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza.

Benedicto XVI




Y esa peregrinación la iniciamos desde el miércoles de ceniza.

En la parroquia a la que asistimos se hizo un acto penitencial un día antes del miércoles de ceniza, o sea el martes de carnaval. Desde que supimos qué día se iba a celebrar el acto penitencial, yo -tonta de mí- pensé: "uy, bonito día escogieron, no va a venir nadie". Y bueno, tapón de boca el que me han dado, porque la iglesia estaba llena, como en un 90% y no es un templo pequeño ¿eh?, fácil entran 500 personas. ¡Ah! y tampoco eran puros viejitos, como luego se llega a pensar de estas actividades. De hecho, a esta iglesia acuden muchos jóvenes y niños también de manera regular. Me hace pensar y replantearme ese pensamiento que nos ronda mucho la cabeza y el corazón acerca de que la Iglesia está en crisis. No sé, entiendo que los valores cristianos los hemos deformado mucho y que bastantes hermanos van solo por costumbre o tradición; entiendo que muchos sacerdotes se alejan en ocasiones del mensaje evangélico y se dedican a dar discursos políticos; entiendo que nuestra educación en la fe está cada día más débil y sin embargo, yo sigo viendo las iglesias a las que asisto regularmente, llenas.

En fin, que a este acto penitencial, obviamente todos iban a confesarse y de alguna manera podríamos decir que fue exitoso. Claro, solamente cada uno sabrá en su corazón si esta afirmación es realmente efectiva, pero de cualquier manera siempre da gusto ver una iglesia llena, señal de que no todo está perdido.

10. EL VALOR DE SER CRISTIANOS


La Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos.

Benedicto XVI


Oro porque descubra descubra pronto la segunda parte de esta idea del Papa: llegar a ser más misericordiosa con mis hermanos. ¡Me hace falta tanto!

11. DESCONECTARSE PARA "CONECTARSE"


Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana.

Benedicto XVI


A mí me cuesta más trabajo aquello de privarse de los bienes materiales. Véase específicamente: Internet.

Sin embargo, entiendo que es una práctica que debo hacer sin necesidad de estar en Cuaresma. Habemos algunos que hemos adquirido el vicio de estar conectados (algunos incluso hasta con dispositivos móviles) a toda hora del dia.

Sé que es necesario que aprenda a desconectarme un poco, tal y como este comercial lo dice, "para realmente conectarme con el mundo real" y con las personas que están a mi alrededor y a las que amo y me aman igual.

Espero realmente que este ejercicio tan pequeño, pero que me cuesta tanto trabajo, me ayude a encontrar ese control que dice el papa B16.

12. COMPARTIR

Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría.
Benedicto XVI


13. MISERICORDIA DIVINA

La parábola del Hijo Pródigo es la que más me gusta de todas. Me muestra claramente cómo es la misericordia de mi Padre Dios y lo que yo puedo esperar de Él si me arrepiento honestamente de mis pecados y tomo la decisión de regresar a Él. En los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, me topé con una reflexión acerca de la Misericordia del Padre que me gustaría compartir en este espacio.


“Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: -Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y él les repartió la hacienda. Llegada la mayoría de edad el hijo pedía la parte de la hacienda que le correspondía. No había algo ilícito en eso, sin embargo, la legitimación de lo que hizo, estaba viciada por un ansia desmedida de libertad. Quería su herencia para irse de abajo de las alas de su padre. Como el hombre que cree desear libertad, pero, en realidad quiere libertinaje.

"Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad".

Es increíble como Nuestro Señor puede en dos versículos mostrar el gran misterio del mal, el alejamiento de Dios por el pecado, del vacío que esto deja en el hombre, de la pena que sufren quienes se alejan de Él. Se marchó a un país lejano, fuera de Dios, dándole la espalda a ese padre bueno que le había dado todo lo que quería. Malgastó su hacienda, usando mal de las creaturas y cuando hubo gastado todo sobrevino un hambre extrema…, debemos grabar esto en nuestro corazón; cada vez que el pecado nos seduzca y se disfrace de lo mejor, de lo que más conviene aquí y ahora, darnos cuenta que es mentira; que el pecado trae hambre extrema y hace que uno pase necesidad; la peor de todas es la necesidad de Dios

Nunca es suficiente lo que uno medite sobre eso porque las tentaciones se disfrazan de una u otra forma, pero la felicidad está en la voluntad de Dios, en la virtud, en el bien. Fijémonos pues en ese hijo pródigo pasando necesidad y hambre, lejos del padre, y entendamos que en el pecado no podemos saciar la sed que tenemos en nuestro interior, que es sed de Dios.

“Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba”.

Para tratar de entender estos dos versículos, tenemos que tratar de entrar en la mente judía y pensar en la idea que ellos tenían de los puercos: animales impuros –aun hoy les está proscrito comer de su carne-, signo del pecado, de la impureza. Faltaban a la ley si se los comían. Tener que cuidarlos, para un judío, era la cosa más denigrante que les podía pasar, y peor aún, deseaba comer de las bellotas que les daban a esos cerdos y no podía. Démonos cuenta entonces, como Cristo quiere mostrarnos la miseria en la cual nos deja el pecado, la miseria extrema. 
Para los judíos, que estaban escuchándolo, no había peor cosa que le pudiera graficar más el pecado, que eso que les estaba diciendo. Entonces, tal vez nosotros podríamos aplicarla a otra realidad que nos mueva más…

“Y entrando en sí mismo, dijo: -¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”.
"Y entrando en sí mismo…" Dice San Agustín: “no vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre habita la verdad”. De algún modo, un ejercicio espiritual es un entrar en si mismo porque adentro de nosotros mismos, junto con la compañía de la gracia, con la luz de Dios, se produce la conversión. San Alfonso dijo que “la conversión es un milagro más grande que la misma creación del mundo”.

"Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente”.
El padre estaba esperándolo, lo vio de lejos.
Todos los días salía y veía si venía
o no su hijo, preocupado.
No fue una casualidad que
justo pasara por la puerta,
lo estaba esperando.
Era tal la alegría que tuvo cuando lo vio,
corrió y lo besó efusivamente.

San Juan de Ávila le rezaba así a Nuestro Señor, tratando de hacernos ver cuánto desea Dios perdonarnos:

Todo término se te hace breve para librar al culpado.
Porque ninguno deseó tanto alcanzar su perdón,
cuanto Tú deseas darlo:
y más descansas Tú con haber perdonado
a los que deseas que vivan,
que el pecador con haber escapado de la muerte”.

Dios, Nuestro Señor, desea perdonarnos más de lo que nosotros deseamos ser perdonados. Imagínense entonces, como tenemos que pisotear su Misericordia para que alguna vez nos arriesguemos a no tener la gracia de la conversión.
“El hijo le dijo: -Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: -Traigan aprisa el mejor vestido y vístanlo; pongan un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traigan el novillo cebado, mátenlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta”.

Desproporción total entre lo que hizo el hijo y lo que hace el padre ahora. Ni siquiera lo escucha, no le recrimina, no le pregunta, no le responde nada, no le importa lo que le está diciendo. Él estaba alegre porque su hijo había vuelto. Así también, a Dios no le importa nuestros pecados, una vez que se los damos para borrarlos, hace de cuenta que no hay nada.
Trata Nuestro Señor que veamos el amor de un padre, que es uno de los amores más fuertes que se da entre nosotros, pero elevado hasta lo inimaginable.

El padre completa la vestimenta que él tenía: le pone las sandalias, el anillo de oro… Para mostrar como en la conversión nosotros recibimos los dones de Dios igual que antes: la gracia, las virtudes sobrenaturales. Y se alegra. Más alegría hay en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión. Alegrarnos por nuestra conversión nos va a ayudar también a alegrarnos de la conversión de los demás.
No tenemos que permitirnos caer nunca en la tentación de desconfianza de la misericordia de Dios. Siempre que uno quiera volver a Dios, Dios nos va a estar esperando.
De Caín se puede decir que más grave que el pecado de fratricidio (matar a su hermano), fue el hecho de haber dudado de la misericordia de Dios. Dice Génesis 4,14,: “Dijo Caín al Señor: Mi maldad es tan grande, que no puedo yo esperar perdón.” Y Stroinger comenta: Mi maldad es tan grande: he aquí el primer hombre que no espera perdón. ¡Cuántos pecadores no conocen la grandeza de la misericordia del Padre celestial, e imitan a Caín en esta desconfianza! Este nuevo pecado fue sin comparación mucho mayor que el mismo fratricidio que poco antes había cometido.

Cuánto ofende a Dios dudar de su misericordia! Con que haya un mínimo deseo de que Dios nos perdone, Él ya nos está perdonando, hay que dar el paso.
El cardenal María Martini escribía una vez: El error más grave que podemos cometer en la historia de nuestra vida, la más grave tentación de Satanás a la que podemos ceder es pensar que Dios no puede ser para nosotros. Satanás lo insinúa siempre: no eres digno, no eres suficientemente capaz, has cometido y seguirás cometiendo pecados, eres negligente, el encuentro con Jesús es una especie de privilegio.

En realidad, el Evangelio nos asegura que Cristo Jesús es para cada hombre y para cada mujer de la tierra. “El encuentro con Él debe ser nuestra experiencia, incluso ya lo es: en Él conocemos a Dios y nuestra vocación, nuestra llamada a la salvación, nuestra verdadera identidad”
CARD. MARÍA MARTINI

La parábola del hijo pródigo termina cuando el hijo vuelve; se hace una fiesta; viene el hermano mayor, le hace problemas al padre, el padre le recrimina que debe estar alegre de que volvió su hermano. Nada más se dice del hijo pródigo. Uno podría completar lo que pasó con el hijo pródigo: imagínense que se fue; malgastó sus bienes con prostitutas como un libertino, todo el mundo lo sabía; el padre lo perdona; le da todo; le devuelve el cargo que tenía. 

Ahora, imagínense al hijo pródigo levantándose al otro día en casa de su padre. Su vida había cambiado por completo, sin duda. Empezó a tratar con mucho más amor a los empleados de su papá que sabían lo que él había hecho; hizo las cosas con mucho más deferencia, poniendo todo de su parte para hacer el bien. Para complacer a su papá; se quedó hasta altas horas trabajando; no le importaba lo que hacía o no su hermano. Él sabía que se había ido; que había malgastado toda su herencia; que lo que estaba recibiendo ahora era todo gratis, todo un regalo; que su padre lo había perdonado.

Por eso, así tiene que ser nuestra vida desde nuestra conversión hasta nuestra muerte. Recordar siempre que hemos hecho grandes cosas contra Dios, que Dios en su infinita misericordia nos ha perdonado, pero, nuestra vida no puede ser igual; no podemos olvidarnos de eso; no podemos dejar de lado de que hemos ofendido a Dios; de que hemos escupido en el rostro de Dios, por más que ese Dios sea tan bueno, que se limpia el rostro, nos atiende y se olvida. Bien, pero yo no puedo olvidarme de eso y tengo que usar eso para buscarlo con todas las fuerzas, para cumplir con Su voluntad, para llegar a la santidad.
Decía el Cardenal Ratzinger:

“Jesucristo es la misericordia divina en persona:
encontrar a Cristo significa encontrar
la misericordia de Dios”

14. LA TRANSFIGURACIÓN AL REVÉS

Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.
Benedicto XVI


Hace apenas unos días estuvimos escuchando en la lectura del Evangelio la lectura sobre la transfiguración de Jesús. Y aunque ya ha pasado, no quise dejar de lado este comentario que me ha parecido muy bueno e ilustrativo y que a mi hija le ha gustado mucho también.
LA TRANFIGURACIÓN AL REVÉS
Cuando Cristo se transfiguró en presencia de sus apóstoles, "su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve".
Entonces se oyó una voz que venía del cielo y que decía: "Este es mi hijo muy amado, escúchenlo".
Hoy en día, Cristo sigue tranfigurándose delante de sus discípulos, pero al revés; es decir, su rostro ya no resplandece como el sol, sino que se oculta bajo las facciones mas bien oscuras de nuestros indígenas y bajo una capa de mugre en la cara de nuestros pobres citadinos.
Sus vestiduras ya no son blancas como la nieve, sino que tienen ese color indefinido de la suciedad de nuestros caminos rurales y de nuestras calles urbanas.
Pero el Cristo e nuestras zonas campesinas y de nuestros barrios pobres sigue siendo el Cristo del Tabor.
Y la voz del Padre que aquel día se dejó oír en la cumbre del monte, sigue diciéndonos ahora:

"ESTOS SON MIS HIJOS MUY AMADOS
. . . . ESCÚCHENLOS"

15. EL GRITO DE LA FAMILIA CRISTIANA

“Quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica”
San Pedro Crisólogo


El Padre Alberto Hurtado hablando de las exigencias de la Encarnación, perfilándolo sobre todo al amor al prójimo, decía: “Es necesario, pues, aceptar la Encarnación con todas sus consecuencias, extendiendo el don de nuestro amor no sólo a Jesucristo, sino también a todo su Cuerpo Místico. Y este es un punto básico del cristianismo: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Cuando hieren uno de mis miembros a mí me hieren; del mismo modo, tocar a uno de los hombres es tocar al mismo Cristo. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o todo el mal que hiciéramos al menor de los hombres a Él lo hacíamos. Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor, nuestro prójimo es Cristo que se presenta bajo tal o cual forma: paciente en los enfermos, necesitado en los menesterosos, prisionero en los encarcelados, triste en los que lloran. Si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia. Pero separar el prójimo de Cristo es separar la luz de la luz. El que ama a Cristo está obligado a amar al prójimo con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas. En Cristo todos somos uno. En Él no debe haber ni pobres ni ricos, ni judíos ni gentiles, afirmación categórica inmensamente superior al "Proletarios del mundo, uníos", o al grito de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Nuestro grito es: Proletarios y no proletarios, hombres todos de la tierra, ingleses y alemanes, italianos, norteamericanos, españoles, judíos, japoneses, chilenos y peruanos, reconozcamos que somos uno en Cristo y que nos debemos no el odio, sino que el amor que el propio cuerpo tiene a sí mismo. ¡Que se acaben en la familia cristiana los odios, prejuicios y luchas!, y que suceda un inmenso amor fundado en la gran virtud de la justicia: de la justicia primero, de la justicia enseguida, luego aún de la justicia, y sean superadas las asperezas del derecho por una inmensa efusión de caridad.”
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