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4.- Propósito de la enmienda


› EL SIGNIFICADO DE LA CUARESMA

› LA RECONCILIACION
› CULTIVAR LA RECONCILIACIÓN
› 1.- EXAMEN DE CONCIENCIA
› 2.- DOLOR DE LOS PECADOS
 3.- PROPÓSITO DE LA ENMIENDA
› 4.- DECIR LOS PECADOS AL CONFESOR
› 5.- CUMPLIR LA PENITENCIA



Señalaba san Juan Bosco que una de las dificultades para que el Sacramento produjera los frutos deseados era que este acto del penitente suele fallar. Este acto está estrechamente ligado con el dolor de los pecados. Si hemos experimentado sin medida el amor misericordioso de Dios, cómo no hacer un propósito firme de no ofenderle en lo sucesivo. El propósito de la enmienda es el compromiso de no querer ofender más a Dios apartándome también de las ocasiones del pecado.

En no pocas ocasiones nos mostramos ingenuos, porque una vez recibido el perdón de Dios volvemos a frecuentar lugares o compañías, que siendo dañinas en sí mismas o incluso siendo buenas, a nosotros no nos ayudan para mantenernos fieles en el seguimiento del Señor. Hemos de ver a la luz de Dios y pidiendo su fuerza qué hemos de dejar, qué herramientas hemos de utilizar para ser fieles. Tus pecados son perdonados, vete y no peques más (Jn 8,11)

Es necesario ayudar a quienes se confiesan a experimentar la ternura divina para con los pecadores arrepentidos que tantos episodios evangélicos muestran con tonos de intensa conmoción, -para desde el amor moverles al propósito firme de no pecar-. Tomemos, por ejemplo, la famosa página del evangelio de san Lucas que presenta a la pecadora perdonada (cf. Lc 7, 36-50). Simón, fariseo y rico “notable” de la ciudad, ofrece en su casa un banquete en honor de Jesús. Inesperadamente, desde el fondo de la sala, entra una huésped no invitada ni prevista: una conocida pecadora pública. Es comprensible el malestar de los presentes, que a la mujer no parece preocuparle. Ella avanza y, de modo más bien furtivo, se detiene a los pies de Jesús. Había escuchado sus palabras de perdón y de esperanza para todos, incluso para las prostitutas, y está allí conmovida y silenciosa. Con sus lágrimas moja los pies de Jesús, se los enjuga con sus cabellos, los besa y los unge con un agradable perfume. Al actuar así, la pecadora quiere expresar el afecto y la gratitud que alberga hacia el Señor con gestos familiares para ella, aunque la sociedad los censure.

Frente al desconcierto general, es precisamente Jesús quien afronta la situación: “Simón, tengo algo que decirte”. El fariseo le responde: “Di, maestro”. Todos conocemos la respuesta de Jesús con una parábola que podríamos resumir con las siguientes palabras que el Señor dirige fundamentalmente a Simón: “¿Ves? Esta mujer sabe que es pecadora e, impulsada por el amor, pide comprensión y perdón. Tú, en cambio, presumes de ser justo y tal vez estás convencido de que no tienes nada grave de lo cual pedir perdón”.

Es elocuente el mensaje que transmite este pasaje evangélico: a quien ama mucho Dios le perdona todo. Quien confía en sí mismo y en sus propios méritos está como cegado por su yo y su corazón se endurece en el pecado. En cambio, quien se reconoce débil y pecador se encomienda a Dios y obtiene de él gracia y perdón. Este es precisamente el mensaje que debemos transmitir: lo que más cuenta es hacer comprender que en el sacramento de la Reconciliación, cualquiera que sea el pecado cometido, si lo reconocemos humildemente y acudimos con confianza al sacerdote confesor, siempre experimentamos la alegría pacificadora del perdón de Dios (Benedicto XVI, 7 marzo 2008). Y ese abrazo de misericordia nos llevará a amar a Dios en nuestra vida concreta, desechando todo pecado y abrazándonos a Cristo y a su voluntad.

En ese sentido la Eucaristía es un fuerte antídoto contra toda tentación, perdona los pecados veniales -aunque la Iglesia también nos invita a confesarlos- y nos aparta de los mortales. La Eucaristía es la celebración de los pecadores, sí pero que quieren ser fieles a su Señor. Así nos lo recordaba el Papa Francisco: En la Eucaristía se vive “la gracia de sentirse perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguien pregunta: «¿Por qué se debe ir a la iglesia, si quien participa habitualmente en la santa misa es pecador como los demás?». ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a misa. Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su perdón. El «yo confieso» que decimos al inicio no es un «pro forma», es un auténtico acto de penitencia. Yo soy pecador y lo confieso, así empieza la misa. No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar «en la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno a los cuales nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a misa humildemente, como pecadores, y el Señor nos reconcilia” (Francisco, Audiencia 12 febrero 2014).

http://delegacionliturgiatoledo.wordpress.com/
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