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Día 20 "Viviendo la Cuaresma con sentido"

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA -
LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA


Propósito


ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA

Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí; en estos pocos minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.
PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y me amas; tanto, que has querido morir libremente por mí en la cruz y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.
Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas: ¡ Tuyo soy, para ti nací ! ¿qué quieres, Señor, de mí?

Día 20º. TERCER LUNES.

El pobre es el egoísta. "Hay diversas clases de pobreza -cuenta la madre Teresa de Calcuta-. En la India hay gente que muere de hambre. Un puñado de arroz es precioso, valiosísimo. En los países occidentales, sin embargo, no hay pobreza en ese sentido. Nadie muere de hambre y ni siquiera abundan los pobres como en la India... Pero existe otra clase de pobreza, la del espíritu que es mucho peor. La gente no cree en Dios, no reza, no ama, va a lo suyo... Es una pobreza del alma, una sequedad del corazón que resulta mucho más difícil de "remediar".

¿Puedes tener tú esa pobreza? Pídeles a Jesús y a María que nunca caigas en esa pobreza de espíritu; que te ayuden a quererles cada día más y a acudir a ellos ante cualquier necesidad, y que te ayuden a querer a los demás. ¡Jesús, María, que no olvide rezar ni por la noche ni al levantarme! Que sea generoso: porque el verdaderamente "pobre" es el egoísta.

Continúa hablando a Dios con tus palabras

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

Adoremos a Nuestro Señor que en el Huerto de los Olivos ve clara y distintamente los pecados de todos los siglos y cuya expiación ha echado sobre Sí. Esta vista le sumerge en una tristeza mortal, que llega hasta la agonía; llora la ofensa do Dios y la pérdida de los hombres, no solamente con lágrimas de sus ojos, sino también con la sangre de sus venas. "Llora con todos sus miembros, dice San Bernardo, e inunda la tierra con lágrimas de sangre". Compadezcamos a nuestro Salvador tan afligido y lloremos con El, ya que El llora también por nuestros pecados.

PUNTO PRIMERO
- ES NECESARIO LLEVAR A NUESTRAS CONFESIONES UNA CONTRICIÓN VERDADERAMENTE INTERIOR


Jesucristo, perfecto modelo de contrición en el Huerto de los Olivos, nos enseña que su corazón siente dolor tan vivo del pecado, que está triste hasta la muerte. Por otra parte, la razón sola nos dice la necesidad de esta contrición interior. Puesto que es el corazón el que ha ofendido a Dios, él es el que debe reparar la ofensa, rompiéndose de dolor por haber desagradado a un Dios tan bueno y tan digno de ser amado. Dios no puede perdonar, sino cuando el corazón se arrepiente, hasta el punto de no querer, por nada de esta vida, haber cometido la falta que deplora. “Volved a Mí de corazón, dice Dios a los pecadores; romped vuestros corazones y haceos un corazón nuevo”. Dios mira, no los ojos que vierten lágrimas, ni los labios, que pronuncian fórmulas, sino el corazón que tiene un sincero horror al pecado cometido.

En vano, pues, la boca articularía actos de contrición; en vano el espíritu y la imaginación formarían la idea del dolor, hasta persuadirnos de que estamos contritos; en vano exhalaríamos gemidos y suspiros, derramaríamos lágrimas y haríamos largas oraciones y protestas de renunciar al pecado: todo esto de nada nos serviría, si en el fondo del corazón no tuviéramos un sincero pesar de la ofensa de Dios, una detestación franca, un odio verdadero al pecado, con una aflicción y un dolor también verdadero de haberlo cometido. Examinemos aquí, delante del Señor, si llevamos a nuestras confesiones un corazón despedazado de pena por la ofensa hecha de Dios, diciendo como San Bernardo: “¿Con qué cara me atreveré a levantar los ojos hacia Vos, yo, tan mal hijo de un padre tan bueno?”

 En lugar de deplorar sinceramente nuestras culpas, ¿No hemos procurado no reconocerlas, buscando cómo disminuirlas a nuestros propios ojos y a los del confesor, encubriéndolas con alguna excusa para no tener que avergonzarnos, justificando nuestros arrebatos e impaciencias con las faltas de los otros, nuestras maledicencias y nuestras críticas con la conducta poco razonable del prójimo?

PUNTO SEGUNDO
ES NECESARIO LLEVAR A NUESTRAS CONFESIONES UNA CONTRICIÓN VERDADERAMENTE UNIVERSAL


Esto es evidente, cuando se trata de los pecados mortales: Si hubiera uno solo que no detestáramos sinceramente y del fondo del alma, nuestra contrición sería nula, y nuestra confesión sacrílega. Dios no puede amar al corazón que ama el pecado, el cual le desagrada esencialmente; y es burlarse de Dios decirle: “Yo os amo”, cuando se tiene afecto a lo que Él detesta soberanamente. Si se trata de pecados veniales, la confesión no es nula, por el solo hecho de no ser universal, porque, no haciendo el pecado venial más que debilitar la amistad de Dios sin destruirla, puede el penitente arrepentirse de unos sin arrepentirse de otros; pero, sin embargo resultan de esto muy graves daños para el alma:

1° Los pecados a los cuales se conserva algún afecto, no son perdonados y quedan en el alma como manchas horribles que la desfiguran y que además enfrían la amistad de Dios y disminuyen sus gracias;

2° La absolución, no aplicándose a estos pecados, no confiere la gracia para corregirse de ellos, y no produce en el alma la plena justificación que hubiera obtenido un corazón todo de Dios. Examinemos si hay en nosotros ciertos pecados favoritos con los cuales no queremos romper, ciertas faltas a las que tenemos más inclinación, que nos agradan más y de las cuales no tenemos una contrición franca.

—En seguida tomaremos la resolución: 
1° De hacer todas las noches, después de nuestro examen de conciencia, un acto de contrición interior y universal;
2° De hacer en el día o en la noche, en cada falta que se nos escape, un acto de contrición interior. Nuestro ramillete espiritual serán las palabras del salmo: “El corazón quebrantado de dolor es un sacrificio agradable a Dios. ¡Oh Dios!, Tú no desecharás el corazón contrito”.

Tomado de "Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles", P. André Hamon, cura de San Sulpicio (Autor de las vidas de San Francisco de Sales y del Cardenal Cheverus). Segundo tomo: desde el Domingo de Septuagésima hasta el Segundo Domingo después de Pascua. Segunda Edición argentina, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1962.


ORACIÓN FINAL




No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


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