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Día 29 "Viviendo la Cuaresma con sentido"

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA
- MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Propósito


ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA

Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí; en estos pocos minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.

PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y me amas; tanto, que has querido morir libremente por mí en la cruz y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.

Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas: ¡ Tuyo soy, para ti nací ! ¿qué quieres, Señor, de mí?

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

Adoremos a nuestro Señor Jesucristo, que instituyó, llevado de su amor a nosotros, el sacramento de la Penitencia; démosle gracias por una institución tan preciosa.

 Es ella como un baño sagrado que lava nuestras manchas, como un canal, divino que hace correr la gracia sobre nosotros; es una escuela de sabios consejos y de impulsos hacia el bien; es, en fin, el medio más eficaz de corregir nuestros defectos y de hacernos avanzar en la práctica de la virtud.

¡Ojalá siempre sepamos hacer buen uso de esta maravillosa invención del amor divino!

PUNTO PRIMERO
 - NUESTRAS CONFESIONES DEBEN SER MUY HUMILDES

Debemos presentarnos ante el sacerdote llenos de respeto y de confusión, como un pecador ante el ángel de Dios, o ante otro Jesucristo; como un enfermo cubierto de horrorosas llagas ante el médico que puede curarlas, si se las declara tales como son; como un criminal de lesa majestad divina ante el Juez supremo, que tiene en sus manos la sentencia de nuestra vida o de nuestra muerte eterna. No pudiendo obtener nada a título de justicia, sino solamente a título de clemencia y de misericordia, no debemos presentarnos sino con una profunda humildad interior y exterior, confesando humildemente nuestras faltas y declarándolas, no con la indiferencia del que relata una historia, sino con la vergüenza y el dolor de un alma que comprende sus errores; no excusándonos para evitarnos la confusión de parecer culpables, sino acusándonos sin esas precauciones que tienden a hacer las faltas menores de lo que son ante Dios; no con orgullo y con arrogancia, como si hubiéramos hecho una buena acción, sino con modestia y gemidos en vista de nuestra miseria, temiendo más los juicios de Dios que los de los hombres. ¿Es así como nos confesamos?

PUNTO SEGUNDO
 - NUESTRAS CONFESIONES DEBEN SER SINCERAS

La sinceridad de la acusación consiste en confesar con todo candor y simplicidad lo que recordamos, sin inquietarnos de lo que pueda olvidarse, puesto que la falta de memoria no es falta ante Dios. Es malo exagerar las propias faltas con el pretexto de que vale más decir más que menos: No hace bien el enfermo que exagera al médico lo que sufre. Es más malo aún velar las faltas envolviéndolas artificiosamente con otras acusaciones menos penosas y pasando rápidamente sobre lo que cuesta más confesar, para que el sacerdote no lo perciba bien.

El penitente sincero no aspira sino a darse a conocer tal cual es, y aborrece la malicia y el artificio. Es igualmente malo excusar las faltas, aun diciéndolas tales como son, o tratando de hacerlas parecer menores, imputándolas a otro como hicieron Adán y Eva; eso no es franqueza. Pero el grado supremo del mal es ocultar las faltas por falsa vergüenza. Entonces el sacramento de misericordia se convierte en anatema; la obra de salvación en obra de reprobación, y la sentencia de vida es sentencia de muerte.

Valdría mil veces más no confesarse. Se puede engañar al hombre, pero no se puede engañar a Dios, que conoce el secreto de los corazones; por un pecado grave callado al confesor, todos los que se han cometido aparecerán un día a las miradas del universo, y por un poco de vergüenza que se piensa evitar en esta vida, seremos cubiertos en la otra de eterna confusión.

Examinemos aquí nuestras confesiones. ¿Hemos declarado nuestras culpas sin disfraz, sin excusa, sin darles ingeniosamente colores que encubran su deformidad? ¿Hemos declarado las cosas ciertas como ciertas, las dudosas como dudosas, y evitando las palabras superfinas e inútiles, los términos vagos, oscuros o equívocos que impiden que el confesor vea bien la verdad?

PUNTO TERCERO 
- NUESTRAS CONFESIONES DEBEN SER COMPLETAS
Para que tenga la integridad requerida, no es bastante confesar los pecados mortales; importa también:

1° Decir cuántas veces se ha caído en ellos, declarar las circunstancias que mudan la especie del pecado; las malas consecuencias que ha traído, por ejemplo, si ha ocasionado escándalo, si la maledicencia ha sido en materia grave, ante muchas personas, contra un superior o un sacerdote; si ha sido inspirado por odio, resentimiento o venganza; y cuando se confiese una desobediencia, si ésta ha sido acompañada de arrogancia, desprecio o mal humor. Sin eso, el confesor no conoce lo bastante el estado del penitente para formar juicio acerca de él. Importa,

2º, Confesar los pecados veniales. Aunque no sea de precepto riguroso, es siempre más ventajoso hacerlo;
- Porque no confesar un pecado que no se sabe si es mortal o venial, sería un sacrilegio, y a menudo hay lugar a duda;
-Porque el confesor, no conociendo bien al penitente, no podría dirigirlo con seguridad, ni para los otros actos de la vida cristiana, ni para la reforma de sus defectos y la adquisición de las virtudes;

3º Porque la confesión de los pecados veniales hace que el penitente ponga más cuidado en evitarlos; y para esto ayudarán la gracia del sacramento, los consejos del confesor y la vergüenza de la acusación. Examinemos si han sido tales nuestras confesiones.

La confesión debe ser:
1° Humilde; 2° Sincera; 3° Completa.

Tornaremos la resolución de cumplir estas tres condiciones en nuestras confesiones, y tomaremos como ramillete espiritual el consejo del Espíritu Santo: “No os ruboricéis de confesar vuestros pecados”

Tomado de "Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles", P. Andrés Hamon, cura de San Sulpicio (Autor de las vidas de San Francisco de Sales y del Cardenal Cheverus). Segundo tomo: desde el Domingo de Septuagésima hasta el Segundo Domingo después de Pascua. Segunda Edición argentina, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1962.

ORACIÓN FINAL

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Día 29º- CUARTO MIERCOLES.


Huellas en la nieve. En Logroño; un diciembre especialmente frío; la ciudad cubierta de nieve. El beato José María tiene unos 14 años y va camino del colegio. De pronto, algo llama poderosamente su atención: ?Pero... ¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién pertenecerán?

A cierta distancia descubre un religioso carmelita descalzo que se dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.

" ¡Son suyas!, se dice José María, ¡Pobre sacerdote! ¡cuánto frío estará pasando!"

Este hecho le remueve el corazón.

"Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué es lo que yo debo hacer por Él?

Nadie se da cuenta, pero a "partir de ese momento, siente grandes deseos de acercarse a Dios. Comienza a oír la Santa Misa y a comulgar a diario; a confesarse más a menudo; a ofrecer todos los días sacrificios por amor a Dios y a los demás."

Señor, y yo ¿qué deberé hacer por Ti?

Continúa hablándole a Dios con tus palabras

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