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Día 9- "Viviendo la Cuaresma con sentido"

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA - 
JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA





ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA


Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí; en estos pocos minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.

PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y me amas; tanto, que has querido morir libremente por mí en la cruz y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.

Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas: ¡ Tuyo soy, para ti nací ! ¿qué quieres, Señor, de mí?



MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

Adoremos en Jesucristo el perfecto conocimiento que tiene de nuestros pecados. No se le escapa uno solo, conoce todas las circunstancias y penetra toda su malicia; muy distinto en esto de los hombres, que sólo ven las apariencias y se dejan sorprender por las prevenciones y disimulos del amor propio. Bendigamos a nuestro amable Salvador, que quiere hacernos participar de su divina luz, para hacernos conocer a fondo todos nuestros pecados.

PUNTO PRIMERO - 
CARACTERES DEL EXAMEN DE CONCIENCIA

Este examen debe hacerse con exactitud, con severidad y con calma.

1º CON EXACTITUD, es decir, que debe comprender:
1° El mal que se ha cometido, el bien que se debía hacer y no se ha hecho, y además el bien que se ha hecho mal;
2º Los pecados contra Dios, contra el prójimo y contra nosotros mismos; los pecados exteriores, provenientes de los sentidos, que son los pensamientos, los deseos, las inclinaciones, las intenciones que no se dirigen a Dios;
3° El número de veces que hemos faltado, el principio y origen de nuestras faltas, sus circunstancias y sus consecuencias. Para conseguir esta exactitud, se comprende que se necesita poner una gran atención; no detenerse en la superficie y penetrar hasta el fondo de las cosas. ¿Es así como lo hacemos?

2º CON SEVERIDAD, es decir, que, sin escuchar al amor propio o la ternura natural que lleva a excusarse, a ocultarse las propias faltas, o a lo menos a aminorarlas, es preciso examinarse como examinaría un juez a un criminal, o como examinaríamos nosotros a un extraño. Un examen demasiado indulgente sólo ve con frecuencia bagatelas donde hay faltas graves; por ejemplo: en ciertas maledicencias, aversiones o envidias, en ciertos gastos de lujo, ciertas pérdidas de tiempo, ciertas vanidades y deseos de exhibirse. ¿No nos forjamos muchas veces ilusiones sobre muchos puntos, por no usar de bastante severidad en nuestros exámenes de conciencia?

3° CON CALMA, es decir, que es necesario no atormentarse la conciencia por el temor de olvidar algunas faltas, pero sí proceder en este examen con la paz del ecónomo que arregla sus cuentas, del juez que instruye un proceso, del médico que estudia una enfermedad. ¿Por qué turbarse o inquietarse? Una falta de memoria no se puede imputar como pecado a quien tiene una recta intención de decirlo todo, deseo sincero de hacerse conocer, voluntad franca de no disimular nada, y emplea, además, en el examen el tiempo conveniente y necesario. Dios no pide que se diga todo lo que se ha hecho, sino lo que se recuerda; y todo lo que es olvidado queda perdonado como si se hubiese acusado. Pensamiento consolador y muy propio para que hagamos nuestros exámenes con calma, libertad y simplicidad de corazón.

PUNTO SEGUNDO - 
ACTOS QUE DEBEN ACOMPAÑAR AL EXAMEN DE CONCIENCIA

Poco nos serviría este examen, si sólo fuera un estudio filosófico del estado de nuestra conciencia, para que nos sea verdaderamente útil, debe ir acompañado de tres principales ejercicios de piedad:

1° Es preciso, antes del examen, ponernos en la presencia de Dios, adorarle como a nuestro Juez, mantenernos humildemente a sus pies como pobres criminales y pedirle su luz, única que puede descubrirnos nuestras faltas sin despertar nuestras pasiones;

2° Después del examen es preciso excitarnos al arrepentimiento de nuestras faltas, gemir y llorarlas; tomar firmes resoluciones de corregirnos y particularizar lo que haremos para esto: las resoluciones vagas y demasiado generales no sirven de nada; 3º Es necesario ponernos en el estado en que quisiéramos encontrarnos en la muerte, y terminar uniéndonos al Corazón de Jesucristo, tan lleno de horror al pecado y de amor a la penitencia, que es la expiación del pecado. ¿Es así como hacemos nuestros exámenes? Por falta de fidelidad en estas santas prácticas no nos han hecho mejores tantos exámenes de conciencia. Hemos condenado el pecado sin condenar al pecador, y siempre hemos quedado como antes.

Conversión. 

La Cuaresma es buen momento para una profunda conversión. Conversión significa cambiar la dirección de tu vida, quizá perezosa, quizá facilona. ¡Cuántas veces buscas la felicidad en una vida cómoda! Y sabemos que para alcanzar la felicidad lo que se necesita es amor, servicio a los demás, corazón que se da. Es una paradoja: para vivir y ser feliz, hay que morir, no buscar la felicidad cómodamente. Para tener hay que dar. Ahora Jesús puede ayudarte. Te propongo un cambio en concreto, por si te sirve: morir a la ley del gusto.

Debes morir a la ley del gusto: Hacer las cosas porque me gusta, me apetece, me va bien.... Un cristiano hace las cosas por dar gusto a Jesús: Porque le gustará a Jesús, le dará una alegría, le interesará que yo haga esto, o lo otro.

Madre mía, que siempre actúe para darle gusto a tu Hijo; que muera a la ley del gusto mío. Esta es la elección que tengo que hacer vivir esclavo de mis caprichos, o vivir con la ilusión de hacerme esclavo de Dios. Prefiero esto último María; pero ayúdame.

Continúa hablándole a Dios con tus palabras

Tomaremos en seguida la resolución: 
1º De observar en nuestro examen las reglas dadas por los santos;
2º De llevar al examen, sobre todo, un pesar sincero de nuestras faltas y un propósito firme de corregirlas. Nuestro ramillete espiritual serán las palabras del santo rey Ezequías: “Repasaré mi vida delante de Vos en la amargura de mi alma”.


ORACIÓN FINAL

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Tomado de "Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles", P. Andrés Hamon, cura de San Sulpicio (Autor de las vidas de San Francisco de Sales y del Cardenal Cheverus). Segundo tomo: desde el Domingo de Septuagésima hasta el Segundo Domingo después de Pascua. Segunda Edición argentina, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1962.
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