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El significado de la Cuaresma


› EL SIGNIFICADO DE LA CUARESMA

› LA RECONCILIACION
› CULTIVAR LA RECONCILIACIÓN
› 1.- EXAMEN DE CONCIENCIA
› 2.- DOLOR DE LOS PECADOS
 3.- PROPÓSITO DE LA ENMIENDA
› 4.- DECIR LOS PECADOS AL CONFESOR
› 5.- CUMPLIR LA PENITENCIA




Impulsados por el Espíritu, como el mismo Cristo (cf. Mt 4,1), somos introducidos en la Cuaresma, tiempo de esperanza. Silencio, oración, penitencia, ayuno, limosna son herramientas que Cristo y su Iglesia nos recomiendan para que a través de este itinerario interior se realice “algo nuevo” en nosotros (cf. Is 43,19; Ap 25,1).

Este tiempo se encontraba ya en Egipto en los siglos III-IV. Nicea lo concibe como una preparación a la Pascua; pronto en Roma se considera como un tiempo ascético-penitencial. Constituyó un itinerario precioso para los catecúmenos, que durante este camino se disponían a recibir el Bautismo en la noche santa de la Resurrección. Las catequesis mistagógicas que más tarde recibirían los ya bautizados sobreabundan en el morir con Cristo para resucitar con Él. La instauración del ordo de los penitentes hizo que también este camino fuese un tiempo de penitencia y purificación, en el que al final del mismo (jueves santo) los penitentes eran reconciliados con el fin de que pudiesen recibir la Eucaristía en la Vigilia pascual.

Estas dos líneas confluían en un punto común: el Misterio pascual: muertos con Cristo resucitamos con Él (cf. Rom 6,1-10). El Bautismo y la Eucaristía celebrados en “la madre de todas las Vigilias” (san Agustín) no eran sino mímesis de la muerte y resurrección de Cristo realizadas en los recién bautizados y en los que eran reconciliados y se acercaban a recibir el Cuerpo del Señor.

La Cuaresma, cuarenta días que evocan la tipología bíblica veterotestamentaria (los días del diluvio, los de Moisés en el Sinaí, los años de travesía del pueblo de Israel por el desierto, los días de peregrinación de Elías, los de penitencia de los ninivitas) que es llevada a cumplimiento en la persona de Cristo quien finalmente va al desierto para ser tentado durante cuarenta días. Él mismo, un año más, vuelve a abrir a su Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza, convocado para bendecir su nombre, escuchar su Palabra, y experimentar con gozo sus maravillas (cf. V Prefacio de Cuaresma).

Este tiempo comenzaba con el I Domingo, pero pronto comenzaría el miércoles, denominado de ceniza. El antiguo sacramentario Gelasianum Vetus señala cómo se van a introducir estos días que preceden al I Domingo de Cuaresma con el fin de computar cuarenta días de penitencia y ayuno, para así evidenciar el carácter pascual de los Domingos de este tiempo, en los que se ausenta aquel carácter ascético. La imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, que era un signo identificativo de los penitentes, a partir del siglo XI al desaparecer la penitencia pública se extenderá a todos los fieles. Es un gesto que nos recuerda la precariedad de nuestra vida y cómo hemos de vivir en Dios agrandándole en todo.

La Cuaresma se articula en torno a los evangelios que son proclamados en sus cinco Domingos. Los dos primeros son fijos: Las tentaciones y la transfiguración, tomados de los evangelistas Mt, Mc y Lc para cada uno de sus ciclos A, B y C. La Iglesia es introducida con Cristo en el desierto, que siendo Dios se deja tentar, para enseñarnos cómo vencer al demonio en ese triple paradigma de tentación: poder, éxito, placer. Jesús, privándose de todo alimento, recurre a la Escritura con la que ora y hace frente a satanás. La transfiguración de Cristo en el Tabor es un anticipo de su gloria participada a sus íntimos, para introducirlos en el camino necesario hacia Jerusalén, a la cruz. Sin embargo, la temática de los tres Domingos restantes varía. El ciclo A es eminentemente catecumenal, el B sigue un itinerario cristocéntrico-pascual y el C subraya más el carácter penitencial.

Nos centraremos en el itinerario sacramental-bautismal que ofrece el ciclo A que estamos celebrando. Los evangelios que la Liturgia nos propone son los de la Samaritana (Jn 4,5-42); el ciego de nacimiento (Jn 9,1-41) y la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45). Cristo se presenta como el agua viva, la luz del mundo y la resurrección y la vida. Los dos primeros evangelios hacen referencia a la fe recibida en el Bautismo. El agua es capaz de borrar nuestros pecados y conferirnos el ser hijos de Dios; la luz tomada del cirio pascual es capaz de iluminar las tinieblas de nuestro pecado e ignorancia y hacer germinar una relación íntima con Cristo, Sol que nace de lo alto. En el evangelio de la resurrección de Lázaro el Señor aviva en nosotros cómo con sus sacramentos nos hace pasar de la muerte a la vida (cf. 1Jn 3,14). Es lo que ocurre en todos los sacramentos, donde se actualiza el Misterio pascual de Cristo, de modo particular en el Bautismo y la Eucaristía.

Por tanto se abre ante nuestros ojos, recuperando el sentido primitivo de este tiempo, un camino catecumenal, un proceso interior en el que a través del ayuno corporal que refrena nuestras pasiones y eleva nuestro espíritu (cf. IV Prefacio de Cuaresma) somos conducidos a la oración sincera donde podemos tener conocimiento íntimo de Cristo. Al final de este itinerario, en la noche de la Pascua -como nos recordará la monición a las promesas bautismales de la Vigilia- lo que se ha de volver a realizar en nosotros es una renovación profunda de nuestra vida en Cristo. Así la Cuaresma, lejos de ser un tiempo triste y oscuro, es una oportunidad maravillosa de nuestro Buen Dios, para volver a nacer del agua y del Espíritu (cf. Jn 3,5) y vibrar con “la alegría del Evangelio”.
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