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Día 32 "Viviendo la Cuaresma con sentido"

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA
- VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA


Propósito



ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA

Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí; en estos pocos minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.
PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y me amas; tanto, que has querido morir libremente por mí en la cruz y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.
Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas: ¡ Tuyo soy, para ti nací ! ¿qué quieres, Señor, de mí?

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

Adoremos a Jesucristo que nos ha dado toda su Sangre, hasta la última gota; agradezcámosle este don inefable, amémosle por tanto amor y pidámosle la gracia de aprovecharlo bien.

Día 32º. SÁBADO CUARTO.


¡Qué error compararse con los demás! Pedro había sido un hombre muy favorecido por la vida. Había tenido unos padres cariñosos y una niñez feliz. Su mente era despierta y siempre sacó buenas notas. Tuvo éxito en la vida y su posición social era más que desahogada. Se casó con una mujer guapa, excelente ama de casa y buena madre de familia; además adoraba a Pedro a quien consideraba el mejor hombre del mundo... En resumen: Que tuvo una existencia feliz, en una atmósfera tranquila, libre de tensiones y de frustraciones. Su vida, pues, había sido irreprochable, gozando de una merecida buena reputación.

La vida de Juan había sido otra cosa. Tuvo una juventud amarga, pues sus padres se llevaban mal, discutían constantemente y amenazaban con separarse. Fuese por sus taras emocionales, fuese porque no era demasiado inteligente, sus notas eran casi siempre malas. Obtuvo a duras penas un título universitario casi por condescendencia, y luego un modesto empleo, justo para malvivir. Sin posibilidades para ahorrar, temía siempre caer enfermo o sufrir un accidente grave. Había vivido en un barrio modestísimo, ruidoso y poco recomendable, con casas antiguas y apiñadas. Su mujer era apática y además gruñona. Tal vez por eso Juan bebía demasiado, perdía los nervios con frecuencia y decía palabras malsonantes.

Ambos eran católicos y cumplían con sus deberes religiosos. Pedro iba a Misa y comulgaba a menudo; Juan, sólo los domingos, las fiestas de guardar y algunas otras fiestas señaladas. Dios se los llevó casi al mismo tiempo, y los dos comparecieron ante Él para ser juzgados. Fueron ambos al Cielo, pero el juicio les deparó sorpresas considerables. La de Pedro consistió en que no obtuvo el puesto que se esperaba. "Sí, fuiste bueno ?le dijo Dios?, pero ¿cómo no ibas a serlo? Apenas tuviste contrariedades ni problemas. Tus pasiones eran por naturaleza moderadas y no tuviste en tu vida fuertes tentaciones. Has sido un hombre virtuoso, sí, pero debías haber sido un hombre santo.

Juan, por su parte, tuvo una sorpresa todavía mayor, porque pasó por delante y quedó situado más alto. Sin duda podías haber sido mejor -le dijo el Señor- pero, al menos, luchaste. No te compadeciste en exceso de ti mismo y nunca tiraste la toalla. Teniendo en cuenta tus insuficiencias y tus circunstancias, no lo hiciste mal del todo y aprovechaste muchas de mis gracias...

Tú, ¿por quién te ves representado? El Señor nos pide que seamos santos. No te compares con el resto de la gente pues puede sucederles lo que a Juan. Jesús, que sólo me compare contigo y que te imite en todo.

Continúa hablándole a Dios con tus palabras

PUNTO PRIMERO 
- AGRADECIMIENTO DEBIDO A JESUCRISTO 
POR EL DON QUE NOS HA HECHO DE SU SANGRE

El que un hombre diera a otro toda su fortuna, sería mucho sin duda, sobre todo, si se le supone considerable. ¿Que sería, pues, si le diera su sangre y la derramara toda por él? Sería evidentemente el amor llevado hasta el último grado. Eso es lo que ha hecho Jesucristo con nosotros: y notemos:

1° EL VALOR DE ESA SANGRE. Es mayor infinitamente, que toda otra sangre humana, porque es la sangre de un Dios, en virtud de la unión hipostática; sangre por consiguiente, de precio infinito. Esa sangre la ofrece un Dios en cada sacrificio a la divina Majestad; y la dignidad de un Dios sacerdote, ofreciendo la sangre de un Dios víctima, le comunica nuevo valor infinito. Notemos,

2º, LOS MARAVILLOSOS EFECTOS DE ESTA SANGRE. Apaga el fuego de la ira divina, irritada por nuestros crímenes. Es la hostia de expiación por nuestros pecados. Es el precio de nuestra redención. Es el baño que purifica nuestra conciencia. Es el sello de paz entre el cielo y la tierra. Nos abre el cielo y cierra el inferno bajo nuestros pies. Lejos de clamar venganza, como la sangre de Abel, cada gota de esa Sangre clama misericordia. Notemos,

3° Que ESA SANGRE NOS ES DADA DE TAN ALTO PRECIO, no con mano avara, sino con una generosidad incomparable. Cuando una sola gota habría bastado para borrar los pecados de mil mundos, Jesucristo la da toda entera; y la da por lo mismo que El preveía habían de mostrarse tan poco dignos de ella; la da, no una vez, sino millones de veces. Comienza a derramarla ocho días después de su nacimiento, bajo el cuchillo de la circuncisión; la derrama en el Huerto de los Olivos, donde un sudor de sangre inunda la tierra; la derrama en la flagelación, en la coronación de espinas, en la crucifixión y en la abertura del sagrado costado; la ofrece todos los días en el Santo Sacrificio, sobre toda la superficie del globo, y nos la da a beber en la Comunión; la conserva en todos los tabernáculos del mundo, y allí esa Sangre pide sin cesar perdón por nosotros. En fin, nos aplica sus méritos en los sacramentos, que son como otros tantos canales, por los cuales esa Sangre adorable se comunica a las almas. ¡Qué agradecimiento no debemos nosotros al Salvador por esa prodigalidad de su Sangre en favor de unos pobres pecadores, como somos!

PUNTO SEGUNDO 
- CONSECUENCIAS PRÁCTICAS 
QUE DEBEMOS SACAR DE ESTAS CONSIDERACIONES

1° Es menester una gran generosidad en el servicio de Jesucristo. Cuando un Dios nos da toda su sangre, ¿Qué excusa tenemos si no le sacrificamos nuestra voluntad, nuestros actos, nuestros gustos? Cuando se posee en el pecho la Sangre de Jesucristo, cuando se tiene una sangre tan noble y tan divina, es preciso tener su espíritu generoso y sus elevados pensamientos, a los cuales nada sienta mejor que el sacrificio.

2° Es preciso honrar esta Sangre con la asistencia devota y frecuente al santo Sacrificio, con la frecuentación de los sacramentos, con la correspondencia a las gracias interiores y exteriores, que son el fruto de esta Sangre, y con la ofrenda, a menudo reiterada, de nuestras acciones y de nuestro corazón en espíritu de agradecimiento;

3º Debemos tener una confianza sin límites en los méritos de esta divina sangre. Que se turben y carezcan de confianza los que no conocen el precio de la Sangre del Salvador; pero, cuando sabemos por la fe que Jesucristo ha dejado a nuestra disposición todos los méritos de su Sangre con la facultad de aplicárnoslos por la oración, por los sacramentos y por el sacrificio, no nos es permitido perder la confianza, Teniendo el crucifijo en las manos, jamás debe desfallecer nuestro valor.

Es verdad, ¡oh Jesús!, que yo no puedo decir: "Soy inocente de la Sangre de este justo", puesto que mi pecado es haber entregado esa Sangre inocente; pero diré en otro sentido que los judíos: "¡Que su Sangre caiga sobre mí para borrar mis inquietudes y preservarme del ángel exterminador, como la sangre del cordero pascual en las puertas de las casas del antiguo pueblo de Israel!" ¿Saco yo fielmente estos frutos de la Pasión del Salvador?

ORACIÓN FINAL

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

—Tomaremos enseguida la resolución:
1º De amar más a Jesucristo, que tanto nos ha amado, y de servirle con más generosidad que antes;
 2° De poner toda nuestra confianza en los méritos de esa sangre y no dejarnos vencer jamás del desaliento y la desconfianza. Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Juan: "Jesucristo ha lavado nuestros pecados con su sangre".


Tomado de "Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles", P. Andrés Hamon, cura de San Sulpicio (Autor de las vidas de San Francisco de Sales y del Cardenal Cheverus). Segundo tomo: desde el Domingo de Septuagésima hasta el Segundo Domingo después de Pascua. Segunda Edición argentina, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1962.

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