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Día 39 "Viviendo la Cuaresma con sentido"

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA 
 SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE PASIÓN



ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA


Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí; en estos pocos minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.
PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y me amas; tanto, que has querido morir libremente por mí en la cruz y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.
Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas: ¡ Tuyo soy, para ti nací ! ¿qué quieres, Señor, de mí?


MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

Adoremos a Jesucristo crucificado, como a nuestro maestro, que nos enseña lo que debemos buscar, estimar y amar, a saber: los intereses de Dios y del prójimo; lo que debemos huir, menospreciar y odiar, a saber: todo lo que es contrario a estos dos grandes intereses. Agradezcámosle esta enseñanza y pidámosle la gracia de conformar a ella nuestra conducta.



Día 39º. QUINTO SABADO.

Cámbiate por Jesús. Barrabás es un personaje del evangelio que no parece muy importante, pero si nos fijamos, cada uno de nosotros estamos representados por él. Cuando Barrabás iba a morir por haber matado a un soldado, Jesús apareció y le cambiaron por él, y murió Jesús en vez de Barrabás. El Señor se cambió por cada uno de nosotros para que no muriéramos a la vida del alma y para que pudiéramos nacer de nuevo a la vida de la gracia después del pecado, nacer a la vida para poder ir también al cielo. Todo lo que hizo fue para que tuviéramos la oportunidad de amarle.

Y los hombres hemos pagado ese amor tuyo, Señor, con pecados y faltas de amor. Jesús sabía que íbamos a pagarle así, que íbamos a serle desagradecidos, y aun así decidió entregarse para que le amáramos.

Puedes imaginarte ahora tú, cambiándote por Jesús en la Cruz de cada día: faenas que te hacen, enfados, cosas que no te salen, pequeñas contrariedades... y coger así tu cruz de cada día llevándola con alegría.

Continúa hablándole a Dios con tus palabras

PUNTO PRIMERO 
- LA CRUZ NOS ENSEÑA A MIRAR CON TIERNO INTERÉS 
TODO LO QUE SE RELACIONA CON EL PRÓJIMO

En efecto, la Cruz nos muestra:

1° En el prójimo, cualquiera que sea, un hombre tan tiernamente amado de Jesucristo que, por salvarle, bajó del Cielo a la tierra, se hizo hombre, dio su sangre, su honor, su libertad y su vida, se identificó con cada hijo de Adán, hasta decir: “Todo lo que hiciereis al menor de estos hermanos, a Mí me lo hacéis y todo lo que a ellos rehusareis, a Mi lo rehusáis”. De aquí se sigue, y es evidente, que bajo pena de ofender a Jesucristo, estamos en el deber de mirar con tierno interés todo lo que al prójimo se refiere: Su salud, su reputación, su honor, sus alegrías, sus penas, sus prosperidades y sus reveses de fortuna. Ser indiferente a los intereses de una persona tan querida de Nuestro Señor, ofenderla, contristarla, perjudicarla o escandalizarla, es herir a Jesucristo en la niña de sus ojos. Todos los intereses de nuestros prójimos deben sernos tan queridos como los de Jesucristo. Debemos estimarnos felices y honrados en todo lo que podemos hacer para servirlos y aprovechar con amor cuantas ocasiones se nos presenten para ello.

2° La Cruz nos enseña hasta dónde debemos llevar nuestro celo por la salvación del prójimo, porque, si Jesucristo, en la víspera de su muerte, nos manda amarnos unos a otros, como Él mismo nos ha amado, la Cruz es como el comentario de este precepto, pues nos enseña cuan dispuestos hemos de estar para todos los sacrificios que demanda el bien del prójimo; a sufrirlo todo de los otros sin hacer sufrir a nadie: a soportar todas las privaciones y los genios y, según las circunstancias, a inmolarnos enteramente por la felicidad de nuestros hermanos, pues hasta ese extremo Jesús crucificado nos amó. Entremos aquí en nosotros mismos. ¡

Cuántos servicios rehusados al prójimo y qué habríamos podido prestarle! ¡Cuántas veces le hemos visto en angustias, de las cuales pudimos haberle sacado con un buen consejo, con unas cuantas monedas o con otra acción cualquiera, que bien poco nos habría costado, y hemos apartado de él nuestros ojos, por puro egoísmo, sin preocuparnos de su desgracia! ¡Cuán lejos estamos de amar a nuestros hermanos como Jesucristo nos ama!

PUNTO SEGUNDO 
- LA CRUZ NOS ENSEÑA A DESPOJARNOS DE TODO ESPÍRITU DE EGOÍSMO
Hasta la venida de Jesucristo al mundo, no se sabía vivir sino para sí mismo. Procurarse goces, riquezas y gloria; alejar de sí la pobreza, los dolores y las humillaciones, era la solicitud de todo el género humano. Jesucristo apareció en la Cruz, se mostró al mundo desde lo alto de aquella nueva cátedra, dijo a los hombres: “Aprended de Mí a olvidaros de vosotros mismos; a despojaros de ese miserable egoísmo, que os hace indiferentes a la desgracia ajena, con tal de que vosotros gocéis; que os persuade de que os engrandecéis, amontonando los falsos bienes de la tierra, a menudo con perjuicio de otros, y menospreciando la vida oculta, desconocida, o rechazando las privaciones.

Vedme: Yo soy el Hijo amado de Dios; y sin embargo, estoy pobre, entre dolores y humillado, ¿Acaso, si la riqueza y la abundancia, el placer y la gloria, fueran bienes verdaderos, Dios, mi Padre, no me los hubiera dado? Si la pobreza, la humillación y los sufrimientos fueran males, ¿Habría hecho de ellos mi herencia? Aprended de Mí y sabed que todo lo que es pasajero es nada; que todo es vanidad, menos servir y amar a Dios”. Estas sublimes verdades, salidas del Calvario, veinte siglos ha, han cambiado la faz del mundo, inspirado a millares de almas los más nobles sentimientos, los más generosos sacrificios por el bien de la religión y de la sociedad, y se ha visto a estas almas desprenderse de todo por la Cruz; abrazar una vida austera para ser más completamente de Dios; soportar las persecuciones como una felicidad y gozarse en haber sido halladas dignas de padecer por Jesucristo. Así, la Cruz ha sacado al mundo del egoísmo, al cual ha sustituido por la caridad, con sus heroicos sacrificios.

Quien no comprenda estas cosas no tiene sino una falsa virtud, una apariencia de devoción, con el desarreglado amor a sí mismo, la condescendencia con sus gustos y placeres, la disipación y el amor al mundo y sus vanidades: Estado peor que el de los grandes vicios, que a lo menos, trae remordimiento, mientras que esa falsa devoción adormece al alma en una seguridad que la conduce a la muerte. ¿No somos del número de los que no comprenden esta gran lección de la Cruz: “Muerte al egoísmo”?


—Nuestra resolución será: 
1º De buscar en todo la gloria de Dios y el bien del prójimo;
2º De desprender nuestro corazón de todo lo demás. Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Pablo: “No he querido saber otra cosa, entre vosotros, sino a Jesucristo crucificado”.

Tomado de "Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles", P. Andrés Hamon, cura de San Sulpicio (Autor de las vidas de San Francisco de Sales y del Cardenal Cheverus). Segundo tomo: desde el Domingo de Septuagésima hasta el Segundo Domingo después de Pascua. Segunda Edición argentina, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1962.



ORACIÓN FINAL


No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

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